01 agosto 2009




A todo esto hace como veinte días que no me cepillo a Rosa. Mi querida Rosa, ella, toda ella, que es larga como el mismo deseo: puedes perderte literalmente recorriendo su cuerpo, tan estilizado. Yo ya he perdido la brújula y el tiempo cae en una dimensión blandengue y flácida igual que los relojes de Dalí... Cuando te acuestas con ella es como si hicieras alpinismo y nudismo a la vez (y sin seguro de vida). Un felicísimo vértigo carnal.

Rosa, ella, con esos ojitos pequeñitos como dos mecheros, que dan calor de cigarra cuando te mira.

Como acertadamente apreció Valentín, tiene un aire a la actriz Laura Dern, pero en versión morena. Y pienso que si las mujeres son serpientes, Rosa es una buena boa. Me la enrollo al cuello, comiéndole la mata de su pubis y ya no me hace falta llevar bufandas en invierno.

Y qué sabroso tiene el coño. Hay mujeres con un sabor fuerte entre las piernas, a veces puedes estar devorando salsas como el chile y sin ayuda de agua, cerveza o pan. Rosa es como una tienda de golosinas, el sabor de su coño. Sin embargo, no te empalagas fácilmente. Es un caramelo que no te cansas de chupar y chupar y no se termina nunca. Para llegar al clítoris es como si tuvieras que abrir tres telones diminutos. En este caso sería ideal tener tres lenguas para llegar satisfactoriamente a su pequeña campana.

Pues sí, ya van para cerca de veinte días sin hundirme en sus lujurias, porque se fue a la playa con sus padres, a sus veintisiete años aún no tiene autonomía en el período vacacional. Está enchufada a sus viejos como la nevera a la pared. Me sorprende bastante que todavía haya gente que se va a la playa todos los veranos con sus padres, todos juntos, el hermano menor que es tímido como la cáscara de una pipa, el perro, los abrelatas, las sombrillas, cremas estúpidas antisol, el canario amarillo en su ridícula jaula.

El canario amarillo... Por cierto que esto del canario me trae algo a la memoria, que no viene al caso, pero se me antoja escribirlo. Me acuerdo de hace unos cuantos años, yo salía de la adolescencia -y ni siquiera ya por aquel entonces iba a la playa con mis padres- y viajaba con un buen puñado de amigos locos a la playa, todos eran mayores que yo.

Había un tal Aitor, vasco, intenso como un trozo de carbón ardiendo, delgado y vivo como una salamandra, que devoraba con ojos asesinos y palabras crueles todo lo que percibían sus sentidos. Sus ojos daban miedo, eran unos ojos iracundos de chacal acosado por un soplete.

Íbamos a la playa, creo que a Granada. En el coche hacíamos todo tipo de planes, todos encaminados a satisfacer nuestros radiantes impulsos sexuales. Nos peleábamos sobre quién sería el primero en tumbarse a una andaluza con ojos de leopardo. Empezamos a fantasear de tal manera que antes de llegar nos habíamos tirado a media Andalucía. Al Aitor le dio por ponerse a desvirgar niñas de trece años bajo los muros de la Alhambra, ya estaba pensando en usar su maquinilla de afeitarse su ruda barba para depilarle el pubis a toda hembra que tuviese más de quince años. En ese momento paramos el coche para mear, estirar las patas y eructar un poco. Pues bien, de repente Aitor nos cuenta que tenía un amigo que se llamaba Escroto, y que el tal Escroto tenía un canario negro negro negro, era fantasmagórico el pájaro, era como un trozo de mierda seca negra metido en una jaula, tan negro como el agujero del culo de un escarabajo, una auténtica cagarruta negra, pues eso, Aitor nos pregunta:

-¿Sabéis cómo se llama el pájaro del Escroto...? -hace una pausa para generar la espectación suficiente y de repente chilla histérico-:

- ¡¡Dios!! ¡¡se llama Dioooooos!!

Inmediatamente Aitor se deslizó en una de sus vertiginosas verborreas incandescentes y fieras en torno al famoso Escroto y su negraco pájaro llamado Dios.

“Qué hijo de la más grandísima puta que es el Escroto. Tendrías que conocerle, el muy maricón se compra un canario para atormentarle. Le racanea el alpiste, le echa gapos en toda la geta, al pájaro, el muy cabrón, en vez de agua le echa ron en el canalillo. Un día llegó borracho, puso la jaula en el suelo y se meó en su canario negro. El pájaro piaba tan alegre. Le dieron ganas de cagarse encima del pajarraco. Menudo cabronazo. Para mí que el canario no era negro al principio, que lo metió en el horno confundiéndolo con un pollo desplumado comprado en cualquier pollería o lo metió en el microondas o algo así y por eso se quedó negro, chamuscado como un trozo de madera. Y va y le llama Dios, su pájaro Dios y se mea en él y en vez de alpiste le pone serrín y el canario se lo traga igual. Llegó a tirarle las colillas al pájaro. Y el pájaro Dios las picoteaba tan contento como si fueran gusanos. Otro día le ató el pico con un alambre y el gran pedazo de bastardo del pájaro Dios estuvo diez días sin comer ni piar y ni aún así la palmaba el dichoso canario. ¡La hostia bendita! El pájaro resistía tanta putada mejor que un escorpión. Y el Escroto estaba tan orgulloso, últimamente planeaba rociarle gasolina a su canario y prenderlo fuego para ver qué coño hacía el pájaro, más negro no se iba a volver, eso desde luego...”

De esto hace años ha, años ha; no sé qué habrá sido del furibundo Aitor, pero a tantos años -¿milenios?- de distancia, me pregunto si tiene gracia el asunto del pájaro del Escroto y tampoco sé por qué me ha venido al magín semejante historieta, pero recuerdo que en su momento me reí tanto que se me desencajó la mandíbula y tuve que arreglarla con una llave inglesa.

También con la risa se me escapó un sonoro pedo. De todas formas, aquel pedo me lo hubiese tirado de todos modos, ya que entre nosotros, salvajes adolescentes medio pirados, había la suficiente confianza para comportarnos como auténticos puercos indolentes. En cualquier caso el Escroto y su canario quemado Dios me parecen de lo más mitológico, figuras como Cronos, Aqueronte o Hestia.

Y bajo el telón de la mitología del pasado. Cierro el paréntesis acerca de los dueños de pájaros llamados Escroto y similares, es más sustancioso hablar de la mitología femenina de carne y hueso y estrógenos...

Y ya que hablo de cosas negras, prefiero seguir departiendo acerca del coño de Rosa, negro y rizado como los pliegues de un acordeón.

La verdad es que lo echo de menos. Un buen coño es como una brújula, en cuanto le pierdes la pista, ya no sabes ni por donde sale el sol. Y su almejita es una portentosa mina de jugos; en cuanto la estimulas un poco no para de chorrear y estar húmeda, se la puedes meter todas las veces que quieras, siempre está dispuesta y jugosa, parece que tiene una batería instalada cerca del ombligo que la hace lubricar constantemente. Y entonces empieza el aerobic, cambias y cambias de postura, te corres en el preservativo, arrojas la goma debajo de la cama, te limpias un poco con las sábanas, te fumas un cigarrillo, le sigues tocando el culo o las muñecas o el cuello, tienes otra erección y sencillamente la metes. Es tan fácil como pegar sellos. Siempre dispuesta, siempre preparada. Basta con que le soples en el cabello para que se excite como una locomotora sin conductor.

[...]

extracto perteneciente a la novela “Penetraciones” (© libro registrado en la sociedad general de autores)

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