02 agosto 2009




Por cierto, aún no he hablado ni una sola palabra de Sandra, la alemana arquitecta que conocí gracias a Yoseba. La noche en que la conocí yo llevaba puestos unos pantalones ajustados de pirata neo-hippy, y precisamente ése detalle alimentó la fantasía sensual de Alexandra y la hizo interesarse por mí inmediatamente. Resulta que luego me enteré que le fascinaba todo lo que tenía que ver con los piratas. Quizá en una vida anterior había sido una de las consortes de Barba-Roja. Puede que incluso fuese raptada y se hizo la estrecha ante un buen pirata buen bebedor de ron con una buena doble “tranca” y naturalmente, ahora quiere resarcirse.

Pero pasamos directamente a mayores, a lo que realmente interesa... La primera vez que al fin nos acostamos, tras un par de meses de acercamiento progresivo, yo me quedé completamente perplejo, con los ojos como platos. Después de merodear por ahí una noche fría de noviembre y tomarnos algo, como solíamos hacer, nos fuimos a su casa, un día en que sus compañeros de piso estaban ausentes. Una casa enorme y fría, con pasillos kilométricos, en la calle de Huertas. Primero me enseñó las distintas estancias, la cocina, los dos o tres saloncitos que había, los tres o cuatro pasillos, los dos cuartos de baño, separados uno del otro como doce metros, la habitación de Menchu la periodista, la leonera absoluta y destartalada de la habitación de Mike, el yankee más vagazas que he conocido, y finalmente su propia habitación germana. No había ni un solo cuadro en las paredes de aquella casa, lo que confería al espacio un aire desnudo, frío, aséptico, parecido a un sanatorio mental para la tercera edad. En seguida me sentí algo desangelado en un sitio tan maquinal y vacío. Me agradó ver que la cama de Sandra era de matrimonio. Éso siempre permite más ductilidad sexual. Ella me dejó un instante en su habitación gigante y prácticamente vacía, en la que sólo había un armario, una estantería mediana y la cama, mientras que ella fue al servicio. Me entretuve mirando sus libros. La mayoría de ellos eran guías turísticas o manuales de cocina.

Cuando vuelve, cierra la puerta de su habitación y sin mediar palabra, en un abrir y cerrar de ojos se desnuda delante de mí y se mete directamente en la cama. Como en las primeras películas reprimidas y tímidas del destape. No se quitó la ropa con glamour, ni sensualidad, ni nada por el estilo, qué va, se la quitó como si yo no estuviese allí, con esa premura que da el frío. Como cuando vas a la consulta del ginecólogo, que te desbolas, digamos, científicamente. Este gesto no me resultó nada excitante, en un instante me quedé sin el maravilloso juego erótico de ir quitando prenda a prenda, saboreando los rincones de cuerpo que van emergiendo como trozos de corcho en el agua. Hay todo un arte al desvestirse dos personas mutuamente que te hace perder la cabeza con facilidad, pero tener delante de ti un cuerpo vestido y al segundo, como por artimaña de magia, ése cuerpo está completamente desnudo y metido entre sábanas y apenas te ha dado tiempo a ver nada, es algo que no tiene mucho que ver con el erotismo. Realmente no sabes con quién te estás acostando y puedes llevarte sorpresas desagradables.

Tras un momento de vacilación, decidí hacer exactamente lo mismo. La imité como un mono, me quité la ropa en un santiamén y me metí en la cama. En cuanto estaba dentro, ella apagó la luz. Oh no, otro crimen funesto. Aún no la había visto desnuda y desde luego así, poco iba a ver. Me gusta reconocer el terreno que voy a transitar, explorar las curvas con delectación, detectar profundamente con la mirada y el olfato y el tacto los secretos de la anatomía en flor, tampoco me resulta muy sugestivo encontrarme a oscuras con un cuerpo todavía desconocido. Pero supongo que ya no había marcha atrás.

Comencé a tantear su cuerpo, me sentía como un ciego, al principio no tenía claro si tocaba un brazo o una pierna, un pecho (los tenía pequeños) o su barbilla, porque aquello estaba muy oscuro, tan oscuro como los cojones de un grillo.

A pesar de todas la dificultades empezamos a excitarnos un poco a base de caricias oscuras y tímidas, cuando ella me suelta de repente, que ésa noche no quería hacer el amor. Sé muy bien que en situaciones así algunas tías te dicen eso y lo más indicado es no hacerlas ni caso, media hora después de manosearlas eficazmente abres sus muslos con una facilidad asombrosa e introduces tu llave en su cerradura con una pasmosa sencillez, sin barreras. Pero el caso de Sandra es distinto, es de las que te dice que no y es que no, te pongas como te pongas. Además, es alemana de pies a cabeza. He conocido bastantes alemanes y según mi experiencia me atrevo a afirmar que, si bien es cierto que tienen un fino sentido del ridículo en lo que se refiere sobre todo a las relaciones sociales, no es menos cierto, que en las cuestiones de la intimidad son unos auténticos charcuteros. No hay dobles sentidos. No es no, sí es sí, todo lo planifican cuidadosamente, hasta hacer el amor, hoy toca, hoy no toca, el cuerpo no es algo mitológico, ni siquiera fetichista, es eso, un cuerpo y nada más, una cosa concreta como una mesa, un tocadiscos, una cisterna. A Sandra en concreto no le entusiasmaba comer pollas, para ella era lo mismo que chupar un picaporte.

Una alemana es fácil que te pregunte si quieres hacer el amor con ella y te lo dice exactamente en el mismo tono gélido, con la misma cadencia sistemática y la misma naturalidad descarnada, que si te pregunta la hora o te pide que le acerques una toalla. No tienes que ponerte a intentar adivinar sus deseos, no hay misterio, te los manifiestan abiertamente. Así que esa primera noche, me dediqué a dormir y aplaqué mis deseos hormonales de introducirme en tierra intransitada, ¿qué otra cosa más sensata podía hacer?

[...]

extracto perteneciente a la novela “Penetraciones” (© libro registrado en la sociedad general de autores)

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