01 agosto 2009




Al día siguiente me encuentro con el mismo problema a la hora de la comida: Me muero de hambre. Y es la misma pereza de cara a ponerse a cocinar. Tan sólo freir un huevo me parece una tarea de lo más insípido, mecánico y banal.

Además tengo que poner una lavadora, ya no me quedan calzoncillos limpios y no quiero ir por la vida con un taparrabos confeccionado con una servilleta sucia. Antes, cuando vivía con mi hermana, siempre podía tomarle prestadas unas bragas para salir al paso. Viviendo solo es otro cantar. Pero me aburren tanto las cuestiones domésticas de la casa...

Se me acumula la plancha, fregar los platos, cambiar las sábanas llenas de semen seco, tirar la basura, limpiar la grasa con costras y cadáveres de insectos de la cocina, tirarme al suelo a restregar el váter, bajar a la calle a comprar papel higiénico y dejar de limpiarme el culo con las hojas arrancadas de un segundamano...

Al menos conseguí hace poco desatascar la pila a base de quitar cañerías y arriesgándome a morir inundado por la inmundicia.

Te dedicas a oir música un par de horas y a abanicar las deliciosas musarañas de la fantasía y de pronto, de debajo de la cama sale un diplodocus con ojos inyectados en grasa y te devora una pierna.

(Sería magnífico, por cierto, tener siempre alguien al alcance que te limpie la roña de entre los dedos de los pies sin quejarse, pero me temo que alguien en un descuido abolió la esclavitud).

Es natural que, como básicamente dilapido el tiempo en cultivar mi espíritu, la casa se cultive sola criando cucarachas con antenas parabólicas, polillas que se jalan tu ropa como si fueran pasteles, gusanos blancuzcos que emanan de las patatas podridas, amén de los mohos diversos y oleográficos ornando las superficies de los líquidos fermentados.

Cualquier día el polvo que hay por todas partes me deja ciego de una bofetada.

Lo fascinante es que consiga traerme chicas supuestamente limpias a éste vertedero en el que vivo, y mientras las mime, no ven, ni huelen la mugre. Claro que me las suelo traer de noche y algo bebidas. Si eres un romántico muy atento y voraz, en realidad te puedes llevar a cualquier mujer a un cubo de basura a hacerle el amor. Esto la primera vez. A partir de la segunda vez van fijándose más y más en que puede que seas por un lado maravilloso y sensacional, vale, pero por otro lado un auténtico marrano sin remedio.

Me acabo de acordar, viniendo al caso, de la noche en que conocí a Angie. En el Katmandú. Hacia las 2 de la mañana. Se acercó a mí justo cuando yo iba a acercarme a e ella para pedirle fuego y me dijo:

“Me das buen rollo buen rollo buen rollo”.

Compartió sus drogas conmigo y después, me llevó a su casa. Como me había atiborrado a estupefacientes, decidió hacerme café y así despejarme un poquito. Según lo preparaba me acerqué a ella por detrás y le besé la nuca. Me fijé en que metía la cucharilla en el azucarero. Del azucarero salían hormigas sin parar. Pero no me importó que cayese alguna hormiga en el café, me lo bebí igual. Al fin y al cabo las fieras se fecundan en plena naturaleza, entre bichos de todas clases. La primera vez que compartes sexo siempre tiene un halo romántico, un algo de confiada y anhelante novedad. Luego los posteriores encuentros van asumiendo un aspecto más real. Estoy seguro de que no me hubiera terminado por hacer mucha gracia tragar hormigas con los cafés que me hiciese Angie de haber repetido la experiencia.

Si te pones, al principio, puedes encontrarle un halo romántico a un pañuelo lleno de miasmas. Si esas miasmas pertenecen a la persona que amas hasta te harías un collar con los mocos disecados.

Esta reflexión acerca de la naturaleza del amor, instintivamente, me conduce a una curiosa manía que tenía Irene. Cuando echábamos aquellos polvos largos, alucinados y satisfactorios, al terminar, como una niña pequeña, como una mocosa abstraída, tenía la costumbre de sacarse moquitos líquidos que pegaba en cualquier parte. Veo su dedo índice, extendido y vacilante, con un tierno moquito pegado, buscando la cortina o un cojín, para desembarazarse del lívido y húmedo moquito. A veces la maldita me lo pegaba en el pelo o en la mejilla.

El amor es así de espectacular.

Es capaz de convertir una marranada en un acto de lo más enternecedor. Y hasta tal punto era así entre Irene y yo, que hasta nos tirábamos pedos juntos por la mañana y luego nos reíamos, como si el sonido del cuesco fuera un chiste cuyo lenguaje cacofónico entendiésemos a la perfección.

Ay, el amor redime más, mucho más, que cualquier divinidad inventada. Un día Irene se quitó las bragas y las dejó en el sofá. Yo me acerqué y las levanté para mirarlas detenidamente. Detecté un palomino diminuto como una lombriz. La cosa me pareció de lo más tierna y natural.

De haber sido las bragas de otra, seguramente hubiera salido huyendo como si me persiguiera un incendio dispuesto a convertirme en un pellejo chamuscado.

extracto perteneciente a la novela “Penetraciones” (© libro registrado en la sociedad general de autores)

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