03 agosto 2009




Hace unos quince días fui al médico de la Seguridad Social. Esperaba mi turno haciendo dibujitos en mi cuaderno para calmar las ansiedades, entre que varias viejas hablaban de calamidades. Que si la nieta de Angustias había abortado después de que la violaran dos negracos. Otra que si le dolían tanto las varices que tenía que sentarse a descansar cada quince minutos. Una expresaba tan campechana su absoluta adicción a los fármacos, se los tomaba cuando le entraba en gana, como si fueran kikos. A mí me daban ganas de callarlas a zapatazos. Presumían de enfermedades, dientes caídos, caderas descolocadas o amputaciones de pechos como si fueran perlas, condados o inmuebles. Alguien debería impedir que hablasen con esa voz de gallinas reumáticas y cluecas, cacareando macabras naderías. Uno va al médico a buscar consuelo y una manada de vejestorios arrugados como pasas te vierten todos sus detritus encima sin niguna consideración. Debe ser su forma de vengarse de que seas joven.

Nada más entrar en la consulta del médico y empezar a explicarle mis síntomas, me pregunta severamente si tengo males de amor. Esta pregunta me hace gracia: ¡Si yo le contara! Podría dejarle éste libro entero y aún así faltarían millones de páginas por añadir. En seguida me ha detectado la ansiedad, nada más verme. Pero además vio, con un aparatito que emitía rayos rojos que me metió por las napias, que tenía un taponamiento nasal importante. Anota en una hoja que debe ser una clase de historial clínico: "posibilidad de sinusitis". Ahora comprendo por qué tenía esa sensación angustiosa de no poder respirar, como si me hubieran metido algodón por los orificios de la nariz.

Me receta transilium, pero lo piensa un momento, me mira como si fuese yo un pavo real de feria con el plumaje desteñido, tacha transilium y en su lugar escribe algidol, tras preguntarme si conducía, con esa letraja de médico que parece un desfile de hormigas trompas perdidas. Además me receta amoxicilina y rhinocort aqua, para que me lo chute por la nariz. Me indica cada cuánto tiempo tengo que tomarme estas porquerías, pero no me entero de lo rápido que habla. Sus garabatos parecen jeroglíficos egipcios, no me entra en la cabezota cómo entienden luego esto los farmacéuticos.

El caso es que a la semana siguiente volví a su consulta. Me encontraba bastante mejor, pero mi idea era convencer al doctor de todo lo contrario. Me propuse agravar mi estado para que me recetase algo más potente. Cuando uno está enfermo se le mete ésa idea tan estúpida en la cabeza de que hay un fármaco maravilloso y milagroso que te va a dejar nuevo en un abrir y cerrar de ojos. Así que nada más verle empecé a quejarme y exageré deliberadamente los mareos y la congestión. No sirvió de nada. No le engañé. Me sentía como si estuviera ofreciéndole un par de chuletas de plástico a un perro guardián.

Me explicó que no tenía sinusitis. Que lo que tenía es un virus. Que si los virus no son como las bacterias, que con antibióticos las machacas fácilmente. No, el virus es más cabrón. No se erradica con antibióticos, sencillamente hay que esperar a que tu organismo acabe con ellos. Y la cosa en más lenta, claro. Así que lo que hay que hacer es alimentarse bien, dormir bastante, fortalecer las defensas. Y tener paciencia. Así que lo que me receta es que tome miel. Así como suena. Que tome miel. Tampoco hace falta que me tome tres kilos de golpe, no, una cucharadita de miel de vez en cuando. Esto me decepciona un poco, joder, yo quería una pastillita fabulosa, aunque sepa de sobra que éso no existe.

Yo, en general, desconfío mucho de los fármacos y por eso mismo un médico que te receta miel me da confianza. Hay que tener huevos para decirle a un paciente que se calme, que se joda un poquito, que espere y que tome miel. Y que no malgaste la tinta de su boli en preescribirte potingues que no te van a hacer ni fu ni fa. Al menos no te engaña, que es precisamente lo que anhelas cuando estás chafado y necesitas milagros. Pero sí hubiese agradecido enormemente que me diese un volante para analizar ése puto virus, que a ver de dónde hostias proviene, si a lo mejor me he zampado un filete en mal estado, o si me los han pegado unos besos de terciopelo, o si están en el aire simplemente para el panoli que se le ocurra respirarlos. Hasta he llegado a pensar que el virus de los cojones está en mi casa de tan guarra como suelo tenerla, por eso mismo la he estado limpiando exhaustivamente, por si acaso, estos últimos días.

Desde luego éste médico no sé de dónde habrá salido, pero es de lo más sorprendente. Me pregunta que si trabajo. Le respondo que soy escritor. Esto le encanta, no sé por qué. Debe estar aburrido de oir cosas nada interesantes en su consulta. Inmediatamente se vuelca en mi persona y nos dedicamos a charlar como dos colegas del instituto. Me dice abiertamente que es difícil ganarse las habichuelas escribiendo. Y empieza un largo monólogo acerca de un amigo suyo sexagenario, también escritor, todas sus batallitas y hazañas, cómo tuvo que ganarse la vida de otra manera que escribiendo. La cuestión es que como se ha animado con el tema ahora raja con más velocidad y ya sólo entiendo palabras sueltas. Debe ser que aún no domina bien el castellano. A todas luces parece moro, a juzgar por el nombre: Muhammad o algo similar. Llevaba unas gafas parecidas a las de Hermann Hess, pero la apariencia, en vez de ser teutona y blanquecina, era intensamente morena y oscura, como si acabase de salir de una mina de carbón.

Y el tío raja que te raja de los escritores. Y yo, cuando me encuentro con gente que admira el mundo de la literatura y los escritores, me da la sensación de tratar con individuos que se les acaba de caer un tornillo debajo de la mesa. No entiendo esa fascinación, si supieran el laberinto tan descalabrado que es escribir, no se andarían con tantas chanzas. No armarían tanta algarabía si supieran el dineral en psicoanalistas que se gastan los escritores; sólo con pensar eso dos veces, se les pasaría el glamour por el mundillo literario.

De todas formas si es árabe, mejor que mejor, porque en general suelen tener una filosofía más generosa de la vida en cuestiones de salud. Es deleznable que un médico esquizoide y reprimido, como los que suelen generar las sociedades avanzadas, te esté indicando lo que te pasa. Es como un tipo al que le han cortado la lengua que intenta explicarte qué sientes cuando le das un lametazo a un cáctus. Muhammad parece más humano, por mucho que se esconda detrás de unas gafotas de intelectual y unos gestos evasivos y nerviosos. Me da la sensación de que su vida no es muy agitada socialmente, le veo algo retraído y por eso quizá se explaya conmigo. Aunque puede que el muy lince aproveche el charloteo para psicoanalizarme. De ser así probablemente se ha llevado una buena impresión, si tenemos en cuenta que sólo me receta miel y unas cucharaditas de paciencia. Nada de volantes para ir a visitar a los loqueros.

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[...]

Me acabo de acordar de una cosa extrañísima que he soñado ésta misma noche. He soñado con que un árbol tenía diarrea, y mi váter iba llenándose rápidamente hasta los topes de una mierda tan fláccida como un puré. Y una voz en off, como en un documental de la tele, me explicaba para calmarme que "los árboles tenían diarrea muy rara vez y que sólo les duraba un día". Lo curioso es que no veía a ningún árbol sentado en la taza de mi tigre, en vez de eso tenía un primerísimo plano de la mierda rezumando y saliendo como de la nada. Emergiendo como un bizcocho por efecto de la levadura.

Por lo pronto me niego a indagar en los símbolos de éste sueño, no vaya a ser que me llene de caca hasta las cejas, como me sucedió hace unos meses cuando se me atascó el váter. Aunque pienso en que si Dalí hubiese tenido éste sueño, seguramente hubiese transformado la mierda en oro. No sé, a lo mejor debería echar una quiniela mañana.

extracto perteneciente a la novela “Penetraciones” (© libro registrado en la sociedad general de autores)

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