09 enero 2010




Las leyes protegen la economía, ¿pero la economía de quién?

En este País, ya empiezan a multarte por tirar un papel al suelo o una colilla o echar un gapo a la vía pública. Una vulgar caca de perro no recogida a tiempo puede suponer un enorme descalabro para nuestro bolsillo. Y yo me pregunto: si de repente se te cae, pongamos por caso, un caramelo al limpísimo suelo y no te agachas a tiempo para recogerlo y lo ve un policía cercano, ¿hay multa? Y me pregunto más: ¿qué pasa con los mendigos, pobrecitos? Si por echar un lapo te clavan, digamos, 700 pavos, ¿qué pasa con el indigente que caga detrás de un seto en la vía pública?

Sin embargo, puede que puedas abortas con 16 años y nadie te multará. Nadie te multará por tirar un feto a la basura. Todo esto parece un descalabro. Pero... No, no hablamos de leyes absurdas, qué va, detrás hay negocio, mucho negocio. Como las arcas del estado están vacías, vamos a multar todo lo multable, así las llenamos. Buena política, buen negocio. Como no hay suficientes fondos para las ayudas a la maternidad, pues nada, patrocinemos el aborto, que nos ahorramos auténticos pastones. Niñas del mundo, ¡abortad!, ahorremos recursos. Y hay más maneras perversas del ahorro: ¡que viva la eutanasia! La pila de billetes sociales que nos ahorramos desenchufando sobre todo a los ancianos moribundos. ¡Pragmáticos por encima de todo! ¡Abajo la moral! Yo creo, que ya puestos, podríamos legalizar el suicidio: ¡Cómo bajaría la tasa del paro!

No deja de ser curioso que la mayoría de avances y logros sociales a lo largo de la historia no logren asentarse gracias a la bondad humana o los grandes ideales, sino del negocio más estricto con afanes de lucro. (Y esto mismo se podría demostrar para los retrocesos en dichos avances sociales).

Sin ir más lejos, la Revolución Francesa jamás hubiera sido viable, si no es por los inmensos intereses económicos de una clase social en auge: la burguesía de aquellos entonces. Iguadad (para ser tan ricos o más que la aristocracia), Libertad (de comercio) y Fraternidad (para unirnos contra el enemigo que nos interese que sea nuestro enemigo).

Otro ejemplo: la igualdad de sexos. Yo creo que mujeres y hombres de todas las épocas han denunciado el machismo imperante, ¿por qué eran voces en el vacío?, ¿cánticos hermosos lapidados por las rocas de los siglos?, ¿y por qué ahora sí funciona una demanda que aparentemente es tan justa y humanitaria? Ja, porque la sociedad nos cambió de ser industrial, a ser de servicios. Y es precisamente, en una sociedad de servicios donde las mujeres tienen una inmensa cabida laboral. O sea, que nos hacía falta que las mujeres se pusieran a trabajar inmediatamente. Que siempre han querido trabajar, pero antes... sencillamente no interesaba económicamente hablando... ¡Qué logro científico y humano que los jefes de las oficinas necesitasen secretarias al por mayor! (Esto nos lo explica Marvin Harris perfectamente en su libro La cultura norteamericana conteporánea).

Ejemplos de buenas (y malísimas) leyes y avances (y retrógrados retrocesos) sociales, con su reverso tenebroso y mercantil hay miles: leyes para controlar la inmigración (no hay para todos); derecho al paro (evitamos las revoluciones, limosna propiciatoria para los desangelados parados); derecho a la huelga (lo mismo: evitamos revoluciones, conseguir el contento satisfactorio de los que se quejan del descontento); ley del aborto arriba mencionada (según Manuel de Prada nos indica, de manera muy lúcida, se va a conseguir mucho voto psicológico con esta ley); derecho a la jubilación -bueno hoy en día, en este País, obligación más que derecho- (que los “ancianos” dejen sitio a los jóvenes prometedores, o más bien, a los jóvenes más manejables, más exprimibles, con más deudas que afrontar, la ilusión inocente vende y produce más); derecho a la información (la gran meca de la manipulación, eternos intercambios de “favores”, hasta el hombre del tiempo desinforma o relativiza); la política de las obras públicas (la mejor manera en política de ganar elecciones y por supuesto, forrarse); instituciones para enfermos mentales (apartar el peligro social); matrimonio entre homosexuales (algunos ganan muchísimos votos con esto); ilegalización del top manta (leyes muy necesarias si tenemos en cuenta los miles de millones de trillones que pierden las pobrecitas discográficas... claro, es mejor que varias familias africanas enteras se mueran de hambre a que cualquier directivo de la discográfica del Bisbal de turno pierda la posibilidad de comprarse otro yate..., si lo entendemos perfectamente…); y ahí viene la Sgae (patrocinadísima por muy oscuros intereses y no veas cómo ha ido creciendo este negocio en los últimos años, acabará siendo el quinto poder y lo único que no acabará prohibiendo es el derecho a intoxicarse con la polución); y cómo no: la santa Democracia (fundada en la tan humana envidia económica, como nos dice Bertrand Russell); también podríamos discutir de algunos imperios económicos amasados a través de inocentes o-ene-ges... Buf, vamos que la lista es ingente, una letanía innombrable, un calvario de malévolas contradicciones...

Así pues, podríamos afirmar, que la desigualdad-injusticia sólo tiende a la igualdad-justicia cuando los intereses económicos coinciden mayoritariamente en un bien común. O cuando coinciden con los intereses de los que mandan. Por eso hay acuerdo en la incorporación de la mujer al mundo profesional, y por eso hay desacuerdos en las leyes relacionadas con la inmigración: demasía de intereses pecuniarios encontrados y contrarios.

Si vivimos en un mundo en que hasta la muerte es un negocio (que se lo digan si no a las religiones, a las oficiales y las no-oficiales, de paso a las funerarias también), cómo sorprendernos de que haya políticos corruptos, de que haya leyes abusivas, de que todos los grandes ideales de la humanidad tengan su tufillo de interés monetario.

Admitámoslo, el altruismo es casi imposible. Admitámoslo, la política es uno de los negocios más lucrativos.

autor del artículo: JMM

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► web de escritor: www.josemartinmolina.com
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