02 enero 2010




Memorias de un padre grunge (1)

6 uvas para el 2010 Todos los años en Nochevieja procuro llevar la contraria, por cabezonería y principios, a la hora de tomar las uvas. Unos años decidí no tomar uvas en absoluto. Otro año, decididí sustituir las uvas por mazapanes y casi muero asfixiado, sepultado por un atragantamiento dulzón y terroso. Otro año, me tomé una sola uva, en la última campanada y escupí el amasijo de huesecillos y piel de uva en el contenido del champán que me iba a beber para brindar.

Un año, exprimí las uvas con una cuchara y vertí el contenido, apartando los perniciosos huesecillos, en un vaso de chupito. Al terminar los doce gongs de rigor, me ventilé el vasito estómago adentro como si fuese un trago de tequila. Quería, literalmente, beberme la vida.

Este año, el 2009 que se va y el 2010 que se nos viene, la idea, que me surgió caprichosa y espontánea, 10 minutos antes del acontecimiento y pelando unas preciosas gambas como soles (yo creo que hasta les habían pintado los ojos, a las gambas, me refiero), fue tomarme 6 uvas, sólo seis, que, en principio, me tomaría cada dos campanadas, en concreto: en las campanadas pares.

Se me ocurrió que cada uva valiera por dos y que las prisas se dividieran por dos. Era una manera de pedirle al nuevo año: doble valor de cada cosa y los instantes, las vivencias y los placeres, pero mitad de agobio, mitad de prisas, mitad de estrés o doble de tranquilidad, doble de serenidad, templanza, entereza, despreocupación, sabiduría. Vivir el doble, pero más despacio.

Llegaron las campanadas, llegaron como siempre llegan, con ansias y sin dar crédito. ¿Ya? Pero, es ¿ya?, no, todavía, no, ¿ya?, ahora, ¿ya, ya, es ya?. ¿Faltan minutos, segundos, horas, milenios?

Cada instante parece que ya se ha terminado todo cuando en realidad aún no ha empezado nada. Nos cuesta dejar el pasado, se nos agarra el muy cabrón como un abrigo confortable, pero quizá nos cuesta más afrontar el futuro. Y las uvas simbolizan ese presente que no es presente, es un pie en la memoria y otro en lo porvenir o el devenir. No hay momento más efímero como el instante preciso en que suena la 1ª campanada. 12 segundos vividos antes de vivirlos, acabados antes de empezados, agujero negro y nebulosa creada por el concepto del tiempo de los hombres.

¿Es ya, cuánto falta? ¿Ya? Y alguno equivoca el tiento y se lleva la fruta pulposa y transparente antes de tiempo…

Menos mal que siempre tenemos al familiar director de orquesta, el más avispado, el que ensancha los brazos unos instantes antes y dirigirá la operación, uva en mano, bajando la batuta invisible en el justo instante y ordenando con precisión la puntual y rápida ingestión de las uvas: un cuarto, dos cuartos, tres cuartos…¡AHORA!

Calculé mal. Es cierto que cuanto te tragas las uvas una detrás de otra, no puedes hacer dos cosas a la vez. Yo me puse a hacer fotos, a espaldas del televisor, de los familiares mientras se atiborraban de uvas, y si bien me comí mis 6 uvas, perdí la noción total de las campanadas. Ya no me las pude tomar, según mi propósito cada 2 campanadas, perdí el ritmo. De hecho, mi uva número 6, o sea, la equivalente a la duodécima uva tradicional, la ingerí en la undécima campanada.

Es curiosa, la completa descoordinación de los familiares cuando empieza la velocísima cuenta atrás de las ajadas campanadas, muy a pesar de las entusiastas intenciones del cronómetro familiar que ha asumido la dirección perfecta del evento mandibular. Creo que no hay familia que consigan una perfecta sincronización y se lleven a la boca las uvas puntualmente y al unísono. Musicalmete nos encontraríamos con la orquestas más desastrosa, incompetente y altisonante del mundo. Así pasamos por la vida, haciendo lo que buenamente podemos, pero casi siempre a destiempo o demasiado pronto.

El resto de la velada fue, para mí, más insulsa que otros años. Si no me hubiera bebido una botella entera de vino en un frugal almuerzo a las 12 del mediodía del 31 de diciembre, no me hubiera acostado a dormir la mona tras la cena de Nochevieja, obviando la tradicional conversación familiar, punto de mira, contraste y sopeso de distintas experiencias y distintas generaciones, donde nos decimos sabrosas razones que en ninguna otra fecha se producen…

Me desperté a las 5 de la mañana. Retomé y dejé varias veces la lectura de un Premio Planeta, Los mares del sur, mientras los demás dormitaban en camas improvisadas. Sólo sé que esperé con el doble de impaciencia (cada uva valía el doble, pero no se me ocurrió pensar que también esto se pudiese referir a lo malo…) que el día 1 de enero de 2010 amaneciera de una santa vez. Necesitaba ya llevarme mis baúles a mis aposentos, incluso, me urgía, celebrarme un poquito en soledad.

Llamé un taxi a las 8 y media de la mañana. Dejé que abuelo, esposa, hermana y Gloria disfrutasen del bebé, sin que alguien, yo, el padre, el inquieto, metiese prisa a nadie.

Cuando llegué a mi casa, a nuestra casa, respiré hondo. Comí algo de queso. Miré la calle, con sus últimos borrachos vociferando. Pensé en el difunto amigo Beltrán cuando decía: “Malditas las horas que confunden al borracho con el madrugador”.

Me sentía agusto, pero empezaba la resaca. La resaca de todo un año que se fue, pero aún nos dejó algunas cosas sin digerir debidamente.


autor: josé martín molina


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► web de escritor: www.josemartinmolina.com
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1 comentario :

  1. >La resaca del que tiene sed. El año nuevo son para papeles como el de la foto.

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