14 enero 2010





La sombra intocable del deseo

(2) La Pollatos

Por extraños efluvios de la memoria, me estaba acordando no hace mucho, de La Pollatos.

Era la rubia perfecta, entelequia de nubes y carne rotunda. De esas rubias que de cuando en cuando brotan de entre los caprichos de la genética y tienen esa esencia carnal y transparente de Marylin Monroe. Rubias únicas, torneadas y bien redondeadas, de sexualidad poderosa y matriarcal, que despiertan el deseo hasta en las piedras, o mejor dicho, hablamos de aquellas hembras que van levantando, como livianas alzadoras de pesos, las piedras centrales de la imaginación a su paso.

Joven, lozana, pija de curvas prietas y rotundas, altura media, facciones redondeadas a tenue lápiz crayón, ojos negros, boca pegajosa y grande, barbilla dura y oval, mohín de sonrisa pronta, voz de cigarra, se dejaba agasajar, mirar y admirar, pero tocar… imponía demasiadas condiciones… sus propias condiciones perveras y principescas, que la Naturaleza toleraba, porque siempre ha sido así, la guapa y maciza siempre se erige en paroxismo de la Naturaleza y manda, organiza sus batallones en el corazón de los hombres.

Codiciada, pues, como chica del barrio, chica del instituto, chica de todos los deseos, chica de todas las trompas trepando enhiestas por el ciego deseo contemplativo. Y era, además, novia de su novio. Siempre había novio, siempre el hombre de en medio, el que nos desposeía de la belleza universal, de la posibilidad de arrastranos a husmear la belleza de un triángulo mojado y ansiado. Sí, un novio u otro, aunque tampoco tantos, que les duraban entre tres y cuatro estaciones los novios a nuestra codiciada diosa.

Hacía honor a su apellido, pero con una letra equivocada, supongo. Yo creía que “Pollatos” era el mote, y nunca entendí el por qué esa “T” intercalada, siempre pensé que la “T” debió ser “Z”. Por razones obvias: expresaba nuestro más nublado deseo multitudinario, casi la definía y la explicaba, ya que todos queríamos darle… lo mismo que su mote parecía indicar…

Pero uno de sus ex-novios, el buenzao del Chipi, con sus cálidas manos grandes, novio de pro durante cuatro largas temporadas, personaje muy enmadrado que se liaba con el cañón sexual en kilómetros a la redonda, de hecho el primero que la tuvo, re-tuvo y entre-tuvo oficialmente, me explicaba que “Pollatos” era su apellido, pero el segundo, el materno (qué ironía femenina, qué venganza de la sangre).

Pero ahí no terminaban los misterios honomásticos: su nombre era fácil, muy fácil de recordar, es más: muchos pensábamos que era un segundo mote o alias inventado… Se llamaba, ni más ni menos que Marta Sánchez. Pero casi era al revés, más bien, la que empezaba a ser mito-masivo Marta Sánchez de Olé Olé, parecía la copia, algo más imperfecta, de nuestra rabiosa Martita de la urbanización. Nuestra Marta Sánchez Pollatos.

Los veranos en la piscina eran mortales. Los jovencitos nos dividíamos en dos grupos que jamás se mezclaban (yo casi me convierto en la excepción). Estaba el grupo de los elegidos, formado siempre por 4 o 5 tíos, algo mayores que nosotros, que tenían el tan envidiado privilegio de rodear mansa y protectoramente a La Pollatos. Curiosamente, casi siempre permanecián bocabajo durante horas, como era de esperar: demasiada proximidad era muy peligroso para la integridad de la bragueta enfundada en un mediano trapito menor como es el bañador.

El otro grupo lo componíamos, en distintos corpúsculos o satélites, el resto, los alejados, los marginados, los que no se acercaban, ni siquiera con la excusa del tabaco. Nuestra tarea consistía sencillamente en babear, tripa al sol, como focas atontadas, babeando el semen de la saliva, aunque con sigilo, las miradas furtivas, no fueran a sentirse molestos los guardaespaldas empalmados de gafas de sol negrísimas y muy ray ban… Aunque la verdad es que nos ignoraban enteramente, siguiendo el indolente ejemplo de su diva, con la más insistente y aristocrática de las indiferencias. No existíamos. Éramos el vulgo del deseo y de la carne. El populacho que calla cabizbajo y otorga y chupa y lame con los ojos el cuerpazo estallado de nuestra Martita estelar. Nos tenían en menos consideración que a las colillas que arrojaban por el césped o las hormigas que aplastaban con el pulgar.

Pero no sé cómo yo fui consiguiendo un acercamiento paulatino a la cúpula que rodeaba a semejante pieza de museo superdotada por las hormonas. Es más, el asedio duró un verano, en el que llegué incluso a “desplazar” a la cúpula de arrimados y asímismo convertirme en cúpula arrimada, la cúpula “más arrimada” para ser más concretos.

Al recordarlo todo, la aproximación a Marta me sucede como en sueños. Momentos dispersos envueltos en una nebulosa aromática. Y tiene su lógica: yo no me iba acercando a La Pollatos de una manera estudiada y estratégica, no, me iba acercando por instinto, casi sin enterarme, animalmente y prudente como hechizado por un imán redondo. Era algo que no podía dejar de hacer, aunque fríamente, me resultaba evidente toda imposibilidad de amasar la fortuna de su cuerpo.

La cosa consistía, sin darnos apenas cuenta, en que el Risi y yo, al llegar a la piscina (tomando la prudencia de llegar después que Sánchez y su séquito de pijos aduladores), colocarnos, cada día, un poco más cerca de la toalla de Marta. A veces había que recular, el Risi se me ponía demasiado nervioso, y nos veíamos obligados a volver a perder unos metros o centímetros… Llegamos a una distancia (a unos 10 metros de mi meta animal) que supuso el límite del Risi, a partir de ahí no se acercaría más. Me dejaba sólo ante el peligro en el caso de querer acercarme sólo un poquitín más.

Ahora llega un lapsus, pasaron días, supongo, en el que nos veíamos anclados ante nuestro abismo impuesto: no avanzar un milímetro más. Pero no recuerdo cómo, ni cuándo, los acontecimientos se precipitaron gracias al Rafita

El Rafita se había añadido hacía poco al grupo de los envidiados elegidos. Era aún más joven que nosotros y no buscaba aún en La Pollatos nada especial. Sencillamente se juntaba con gente mayor que él. Su picardía, su malévola inteligencia, su condición de líder y héroe dentro del clan de los graffiteros gamberros del barrio le abrían cualquier puerta entre los pijos malotes. Yo me juntaba mucho con Rafita y disfrutaba horrores de sus batallitas de inocente criminal.

Bueno, pues Rafita fue el nexo. De repente sucedía algo inimaginable: mi toalla estaba pegada a la de Marta, los moscones habían desaparecido muy misteriosa y sospechosamente, y nuestra única compañía era el Rafita con sus eternas gracietas iconoclastas. En semejante situación yo me sentía como si fuéramos dos náufragos en una isla desierta, Marta y yo, con el Viernes o El mono Amedio de Rafita a nuestro lado. A mi alrededor no existía nada más (ahora entendía la oceánica indiferencia piscinera de los acólitos desaparecidos). El Risi, se había quedado sólo, apartado, mirándome con admiración y espuma atónita en los ojos.

Marta y yo jugábamos a las cartas. De cuando en cuando, no me quedaba otro remedio que ponerme bocabajo para ocultar la izada tienda de campaña. Y el Rafita jodiendo. Con un mechero quemándome los pelos de las piernas, yo avergonzado, Marta tronchada de la risa, yo disimulando, Marta emitiendo largas pestañas, yo sin que lo pareciera (siempre he disimulado muy muy bien) estaba muerto de miedo. Literalmente cagado, porque mi instinto, aún lleno de una colosal ignorancia e inexperiencia, me hacía entrever que me tocaba dar un paso importante y decidido. Tuve que crecer y soltar lastres de la inseguridad adolescente pegada a los huesos para darme cuenta de qué coño estaba pasando…

Pero me enteré tarde. El verano acabó. Y perdí mi oportunidad. Como el Risi, yo también tuve mi límite, no pude dar un paso más. Marta, era demasiado para mí, me aterraba materializar tantos deseos escondidos, indecibles, indescibrables, convertir en caricia, beso, leve roce la presumible inocente cercanía.

Pasando el tiempo entendí ese verano y sus avatares de aproximación a la pulpa abierta de La Pollatos de manera cabal. Vamos por pasos: Primero: yo no hice ninguna conquista en absoluto, no me acerqué yo, dejó ella que me acercara, dio ese permiso secreto que dan las mujeres. Vio que yo latía por su aliento (sabía lo que nos pasaba y lo entendía perfectamente), le hice gracia o tilín y ella misma botaba balsas para que me acercara a su isla.

Segundo: Marta, en ese momento estaba sin novio, de haber estado con maromo o ficus seriote mi milagro sería implanteable. Tercero: Marta, casamentera nata, buscaba novio en esos momentos. Yo no tenía ni idea de esto, era incapaz de imaginarme a Súper-Sánchez sin novietes a millares. Cuarto: El novio posible, ese verano, era yo. ¡Toma ya! Resulta que lo que yo creía que era la gracia divina de que me permitiera estar a su lado, lacayo bonachón yo, y no, para nada, ella me estaba buscando en otro papel. De alguna manera lo barruntaba, pero era incapaz de afrontarlo, no me consideraba íntimamente merecedor del premio. Con semejante premio me hubieran estallado sus pechos en las manos… sus besos me hubieran agujereado el espinazo... Me atrajo el imposible. Me separó el mismo imposible.

Quinto: El misterio de la desaparición de sus secuaces no era tal misterio. Ella misma se había encargado de “despejarlos” para nuestro encuentro. Sexto: Y esto no lo afirmaría a ciencia cierta, Rafita desarrolló celestinescas funciones acercatorias bajo el sensual mandato de la anfitriona.

Séptimo: Todo a mi favor, salvo una cosa, la condición casamentera de Martita, requería que se hicieran las cosas de manera técnicamente clásica. Y no era chica de revolcones, no, siempre novio, nada de rollete o un polvo único y agraciado de una sola noche sobre banco de parque o habitación de casa sin padres. No, Marta parecía darlo todo, pero sólo si eras novio formal. Así, ella predisponía, colocaba mesa y mantel, atraía viajero a su hostal y hospitalidad, cambiaba de invitados y movía piernas, senos, cadera con la tranquilidad estática de la lejana seductora nata que era, consciente de lo que la lotería vital le ha donado y se podía permitir esperar con sus insinuaciones de terciopelo fatal. Mi parte de la comedia consistía sólo en acercarme y en “pedir matrimonio” a su debido tiempo. Ella no lo haría nunca, las diosas no se rebajan y nunca son obvias…

El “debido tiempo” se me escapó por el tubo de escape del pánico de la entrepierna. El verano se terminó y se llevó unos besos que no hubiera olvidado nunca, un calor de su maravilloso culo en mis manos que tampoco hubiera olvidado nunca. Cerraron la piscina, ya no teníamos punto de encuentro neutral.

Quizá estuvo esperándome un tiempo. Nunca me atreví a llamar a su portal.


autor: josé martín molina


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