04 enero 2010




Nieves Herrero y los reality-shows de los noventa Aparte de su gran profesionalidad, el estilo periodístico-televisivo (no sé como llamarlo) de Nieves Herrero, siempre me causó, en el caso de los reality-shows, auténtico horror.

Pero horror de noche de Halloween, de noche de los muertos vivientes, de noches de luna llena con lobos y chacales vociferando y aullando, de noches, por encima de todo, de Condes Dráculas con los colmillos brillando sanguinarios y rotundos.

Quizá debía ser exactamente así, nadie como ella para exprimir a las víctimas de un reality-show, víctimas que son a la vez fuente de sentimientos encontrados: lástima, condolencia, misericordia, empatía, pero también burla, la carcajada cruel, el inconfesable cinismo, la complaciente tranquilidad de la conciencia al rehusar la identificación con el desgraciado de turno.

Nieves, en programas como “El crimen de Alcasser” (programa puntero de su frío draculismo sentimental), “Cita con la vida” y otros programas de los noventa, sabía dejar a sus entrevistados al límite de la confesión reiterativa, exprimiendo con incisivos dientes y tenaz mordisco todo lo que el aplastado por la fortuna podía transmitirnos a las masas expectantes de sangre nueva.

Sus preguntas rayaban la pregunta estúpida y retórica, pero eran, no más, su invisible manera de hipnotizar y sacar el jugo de la calamidad:

- ¿Es cierto que cuando viste a tu hija con la cabeza separada del cuerpo sufriste un gran dolor?
- ¿Podrías contarnos exactamente qué sentiste cuando recibiste la última paliza mortal de tu ex-marido?
- ¿Te produjo espanto y dolor, María Luisa, ver cómo tu hijo adoptivo era arrollado por el tren de alta velocidad?


En fin…
Ahora la televisión ha cambiado, hasta los realitys-shows se han vuelto light, o en el mejor de los casos, surrealistas-kitsch. Incluso, las víctimas, los que nos cuentan sus terribles circunstancias, son un puro montaje.
Ya no hay sangre a raudales, no hay noches cruentas, ya no nos podemos dar chapuzones salvajes y renovadores en las lágrimas y miasmas derramadas de los pobrecitos desgraciados.

A Nieves, ya no le vemos ese hilillo de sangre (espejo de sus espectadores y seguidores) brillando como un rubí en la comisura de sus labios.

Nieves, la dama de hierro de la confesión sentimental, se nos fue a otras latitudes periodísticas más “éticas”, para mi mayor tranquilidad y supongo que la de muchos.


autor: JMM

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