05 marzo 2010




novela online: Penetraciones (4ª entrega)


Entonces Celso, en otro arranque espasmódico provocado por el colocón que lleva encima, está otra vez a punto de darse de morros contra el suelo, pero no se cae, porque pivota sobre Gus. Y Celso, medio disculpándose, expresa la siguiente obviedad: “llevo un pedo tremendo, tío”, acto seguido propina otras dos palmadas revientaespaldas y a buscar a Carolina a tientas, extendiendo las manos como un ciego que ha perdido el bastón.

En su difuso punto de mira tantea a la búsqueda de cualquier cosa que tenga bultos en el cuerpo. Le daría lo mismo toparse con un gran saco de patatas. A veces choca con un golpe seco contra una pared, pero nunca llega a caer. Creo que hubiera sido interesante ponerle la zancadilla en un momento dado, y estoy seguro de que no se hubiese caído ni aunque le partieses la espinilla. Debía tener los pies firmementes clavados al suelo. Desde luego otro milagro que el tío no se ennucara en cualquiera de las escaleras oscuras, serpenteantes y laberínticas del Heaven. Son escalones que me recuerdan a las antesalas del infierno, empinadas y oscuras como el suspiro de un muerto.

No sé que sería del tal Celso, porque acabaron todos por irse a casa de la tal Carolina. A besarse entre todos y quizá jalarse otras cuantas pirulas más, igual que si fueran cacahuetes.

Carolina me invitó a irme con ellos, pero pensé que no me apetecía mucho una orgía descerebrada, sobre todo porque apenas había tías en el grupo de alucinados y las que había eran más feas que una fregona sin escurrir, así que me excusé diciendo que mañana tenía que trabajar.

Me los imagino fácilmente a todos en bolas, tíos y tías, rascándose y aullando como monos, encendiendo fogatas sobre las alfombras y pintando primitivos ciervos en una pared de cal, quitándose piojos ficticios, y besándose entre todos como si compartieran un mini de cerveza. Con las pollas bajas como flanes y los agujeros secos. Las drogas. Los delirios químicos. Otras grandes ruedas de molino por las que el comportamiento humano encarna sus propios fantasmas y fantoches. Unos divinos paraísos artificiales de los que siempre se vuelve a una cruda realidad empapada con el plomo de la resaca incrustada en las sienes.

extracto perteneciente a la novela “Penetraciones” (© libro registrado en la sociedad general de autores)

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