12 junio 2010




novela Penetraciones: más delirios sexuales con Rosa (entrega num. 12)


De hecho, la última vez que nos revolcamos y fornicamos en la cama de matrimonio de sus padres sucedió todo esto.

Me la tiré a cuatro patas después de un larguísimo polvo multipostural, que de tanto aguantar el no-eyacular al final se me bajó, sobre todo también porque ella abusó de la postura-tijera. Pues en breve, a la segunda embestida, cuando cogía sus cabellos como si fueran riendas, entre que la castigaba desde atrás, yo de rodillas pegado a su culo como una lapa, mi pelvis estallando una y otra vez contra sus bamboleantes nalgas, sus glúteos de parafina, y sonaba chof chof chof chof, y mis neuronas se encabritaban y se subían a un cohete imparable a cada chof chof chof chof, con lo cual vi en seguida que iba a tardar un suspiro en eyacular y ésta vez no lo retuve. Me corrí tan agusto y egoístamente.

Ella se quedó cachondona perdida, como un grifo que se ha atascado y no cierra el manantial a borbotones de su líbido. Ella quería seguir a toda costa y empezó a hacerme cosquillas, retorcerme la cola desesperadamente, a lamerme la oreja como si fuera de mermelada, a masticarme los hombros con dientes de alocada sierra... a joder la marrana, en definitiva.

La situación era la siguiente: yo me levantaba al día siguiente a las siete y media de la mañana para ir a clase de José Pedro Carrión. ¡Ya eran las 5 de la mañana! Es decir, a la fuerza tenía que dormir algo si no quería desplomarme en medio de cualquier ejercicio interpretativo, pero ella era incapaz de dejarme dormir, ¡quería más!, estaba más excitada que una manada de gorilas en celo con el termómetro de las hormonas disparadas como una jauría.

Yo quería detenerla, porque si continuaba tres segundos más chupándomela y asediándome con su ávido cuerpo, yo perdería la cabeza sin remedio, dominado completamente por el segundo cerebro situado entre mis piernas. Estuve a punto de estrangularla para que me dejase dormir al menos esas dos míseras horas de rigor. (Obviamente, de no tener yo que someterme a tamaño madrugón, la noria sexual con ella habría seguido durante horas, como nos ha sucedido otras veces, en que éramos incapaces de parar hasta que nos quedábamos completamente secos, exangües).

extracto perteneciente a la novela “Penetraciones” (© libro registrado en la sociedad general de autores)

Penetraciones: Una novela del escritor José Martín Molina

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