16 febrero 2011




Edición del El País (serie negra) de El signo de los cuatro, de Arthur Conan Doyle, novela del detective Sherlock Holmes Yo flipo con Sherlock Holmes. No sólo es presuntamente adicto a la cocaína, sino que además, en todo el tiempo que dura la acción narrativa en “El signo de los cuatro” [ver eBook], desde el comienzo de la novela hasta la confesión final del desesperado Jonathan Small, y ¡estamos hablando de 4 días!, nuestro perspicaz sabueso NO duerme nada en absoluto. Al parecer, ni la más mínima cabezada. Al menos según lo que nos cuenta el doctor Watson, que al ser el narrador de la historia, sólo nos permite ver lo que él ve, sólo asistimos a lo que él como testigo presencia. Así, cuando no está presente Watson, o Sherlock Holmes nos miente (mintiendo a Watson) y aprovecha para dormir secretamente un poco, o no duerme nada de nada.

Repasemos los hechos. Las primeras intensas 24 horas (más o menos), que abarcan los primeros 8 capítulos, incluyendo una larga madrugada con crimen, persecución con perro olisqueador, idas y venidas, falsos culpables, encuentros-desencuentros con la policía oficial (el jactancioso Athelney Jones, de Scotland Yard) y por supuesto, la práctica solución total del misterio por parte del infalible Holmes, nuestra pareja de detectives no pegan ojo.

Cuando en el capítulo 9, “Una ruptura en la cadena”, Watson despierta muy avanzada la tarde tras una reparadora y muy necesaria siesta en el sofá, Holmes permanece sentado a su lado leyendo un libro. ¿Ha dormido el famoso genio de la deducción algo? Si nos atenemos a lo que nos cuenta el mismo Sherlock: la respuesta es NO. ¿Qué ha estado haciendo? Tocar el violín, hablar con Wiggins, permanecer a la espera de noticias favorables, leer un libro…

Llega la noche, Watson dormirá tal y como es propio a su condición humana, pero Sherlock Holmes… Parece que no ha planchado la oreja ni lo más mínimo:


Cuando nos sentamos a desayunar, Holmes parecía fatigado y ceñudo, mostrando en ambos carrillos una mancha de tipo febril.
– Amigo mío, usted se está matando –le dije–. Le he oído pasearse durante toda la noche.
– Es que no podía dormir –contestó–. Este problema infernal está consumiéndome. Resulta demasiado duro el verse desbaratado por un obstáculo tan insignificante, después de haber vencido todos los demás. Conozco a los hombres, sé cuál es la lancha, lo sé todo; y, sin embargo, no consigo noticia alguna. He puesto en acción otros factores y he empleado cuantos recursos tengo a mano. Se ha rebuscado todo el río en una y otra orilla, pero no hay noticias, y la señora Smith no las tiene
tampoco de su marido. Pronto tendré que llegar a la conclusión de que han echado
a pique la lancha. Pero existen varias razones que lo contradicen.

Seguimos en el capítulo 9. A lo largo de todo el día siguen sin llegar noticias y… llega la tercera noche, en la que por supuesto, Watson dormirá, pero Holmes… como era de esperar… No. En vez de descansar, para entretener su nerviosismo, su sobrehumana obsesión y su malhumor por una desesperante e inactiva espera de acontecimientos que ayuden a resolver el enigma, permanecerá encerrado y aislado durante toda la noche realizando “abstrusos” análisis químicos completamente ajenos a la investigación del crimen. Como él mismo le explicará a Watson:


[…] dejé descansar por completo mi cerebro zambulléndome en un análisis químico. Uno de nuestros más grandes estadistas ha dicho que el mejor descanso es un cambio de actividad. Y así es, en efecto. Cuando conseguí disolver el hidrocarbono, que era la tarea en que estaba empeñado, volví al problema de los Sholto, y lo examiné de nuevo desde el principio. […]

Y comenzará un largo día, que abarca el resto de la novela “El signo de los cuatro”, intenso y activo, con emocionante persecución a través del río, que culminará con la detención nocturna (la cuarta noche) de los malhechores y la solución del caso, con exótica confesión incluida.

Al terminar la novela, Conan Doyle [ver biografía], poniéndolo en boca de sus dos míticos personajes, Watson y Holmes, nos revela estos aspectos nada corrientes de su héroe Sherlock Holmes que explican su desmedida obsesión sin descanso:


– Bien –le dije, echándome a reír–; confío en que mi facultad de razonar saldrá
bien de la prueba. Pero tiene usted cara de fatiga.
– Sí; la reacción se deja ya sentir en mí. Durante una semana voy a estar desmadejado como un harapo.
– Es sorprendente –le dije– cómo alternan en usted, con los accesos de
magnífica energía y fortaleza, los paréntesis que yo calificaría de vagancia en
otra persona.
– Sí –me contestó–; llevo dentro de mí elementos para ser un
grandioso vago, y también los que entran en la formación de un hombre de
actividad extraordinaria. […]

Todo un superhombre, en facultades y debilidades. Y, desde luego, un perfecto ciclotímico.


(autor del artículo: pepeworks / josé martín molina)

temas relacionados:
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- ver más sobre Arthur Conan Doyle


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► web de escritor: www.josemartinmolina.com
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