14 julio 2011




Sueño (32) publicado en Un laboratorio indecente el 11/07/2011


Batiburrillo de situaciones y de casas

fragmento de la obra Crisálida de hombre durmiente II, de la pintora Eva Román, retrato del autor - haz click sobre la imagen para ver el cuadro
Hay un primer sueño en que Eva y yo llevamos a nuestro hijo de dos añitos al médico. Más que un ambulatorio estamos en un hospital. Eva y Amador están dentro con el doctor. Entro en la consulta. El médico le echa un poco la bronca a Eva: hay que traer a los niños antes, me explica. No pasa nada grave, pero hay que traerlos antes. Se trata de un examen rutinario, veo una hoja con cifras que es el expediente de los análisis de Amador (que está tumbado en una camilla). Lo único señalable es que al parecer tiene caries.

Y un segundo sueño: Mi hermana, una amiga suya y yo estamos en la casa de mi madre. También aparece Antonio, que aunque mi madre lo ha dejado con él, se muestra muy sereno y sin montar trifulcas (y yo pienso: lo normal, cuando se pierde a una mujer no va a empezar uno con síntomas posesivos y machistas tardíamente). También mi madre cacharrea por aquí. Quizá estamos un rato sentados a la mesa. Es de noche, hora de acostarse, cada uno en su habitación. Pasan más cosas imprecisas, que no recuerdo.

Ahora me acuerdo de mi última novia (la que se supone que es la actual): hace un par de semanas que no la llamo, debe de estar mosqueada, se me olvidó por completo su existencia. Aunque pienso que también es raro que no haya llamado ella. Mas ¿cómo va a llamar?, según recuerdo no tenía mi número de teléfono. Procuro encontrar hueco en la casa para que no haya testigos de mi llamada y poder hablar sin molestias o interrupciones. El teléfono que uso es bien curioso, es enorme, como una especie de máquina de escribir antigua. Marco su número y me pego semejante cacharro a la oreja. No logro dar con ella, no coge el teléfono. No importa. Estoy libre, soy libre. Me he ido a realizar la llamada a la habitación que era antes el estudio de pintura de mi madre, pero me he tenido que salir, porque se iba a acostar la amiga de mi hermana (que ahora, al menos de momento, es su dormitorio, con dos camas casi contrapeadas).

Siendo el mismo espacio (la casa de mi madre) el sueño cambia de habitantes, y ahora estoy en la casa de Lázaro (como si estuviéramos en el Villagodio, mas en plan casero, pero, como digo, con la distribución idéntica del hogar de mi madre). Yo estoy recogiendo un montón de vasos y copas y botellas de zumo, voy cargadísimo y apenas me puedo desplazar sin riesgo de volcar la vajilla y armar un desconsiderado estropicio. Entre tanto vaso, también va mi vaso de zumo de naranja que a ver, con las manos tan ocupadas, cómo consigo rellenar. A todo esto la casa está llena de gente por todas partes, como si se celebrara una fiesta. De hecho el salón está repleto de amigos de Lázaro, unos cuantos carrozas. Por mucha confianza que tenga con Lázaro siento que sobro entre tanto carrozón, como si no debiera intervenir en las conversaciones de los mayores. En la siguiente habitación (la primera a mano derecha desde el pasillo) hay más gente, en esta reunión ya son de mi quinta. No veo a nadie conocido y tampoco me inspiran muchas ganas de entablar relación.

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