14 julio 2011




Sueño (31) publicado en Un laboratorio indecente el 10/07/2011


El viaje en Ave a Sevilla

soñando con que no llego a coger el Ave con destino a Sevilla
El caso es que he vuelto con Ana, mi ex. Volvemos a salir juntos, pero según le explico a Ángel García Jermann, la cosa no me hace mucha ilusión, digamos que he pasado del renacer del enamoramiento a la realidad. Es decir, por mucho que volvamos, los problemas siguen siendo los mismos que cuando salíamos, lo que con toda probabilidad nos llevará a volver a romper, le explico a Ángel. Además, está el inconveniente de que ella vive lejísimos... Acto seguido estoy peinando por detrás a Ángel, que tiene algo parecido a polvo blanco, como caspa, pero cuanto más intento quitarle ese polvo, más sale. Él, que no me ve, que estoy a sus espaldas, se inquieta con el hecho de que tarde tanto. Dejo por imposible el tema de su supuesta caspa.

Y cambiamos de escenario, ahora estoy con mi padre en una especie de tienda. Resulta que tengo que coger el Ave rumbo a Sevilla, pero antes tengo que hacer un par de encargos. En la tienda, estamos pegando un enorme trozo de periódico en un cartón o algo así, como si fuera un póster. Mi padre dice: uy, esto se podría romper por aquí, y para ejemplificarlo tira muy flojo, pero el papel se rasga y se jode. Me cabreo muchísimo. Tenía que llevarme 3 carteles de estos a Sevilla como encargo (encargo para alguien indefinido, una chica o mujer, pero indefinida), y ya sólo, gracias a mi padre, voy a poder llevar dos... Le echo la bronca, le culpo. Hay además otro encargo, otra cosa que llevar, que tampoco va a poder ser, porque también la ha estropeado mi padre. Y para colmo me está haciendo perder muchísimo tiempo, ¡con lo que voy a perder el tren de las 20.30! No paro de abroncar a mi viejo, y el pobre intenta arreglar las cosas. Me dice que tampoco pasa nada si no hago los encargos, o si al menos los hago a medias. Y le digo que no, que de ninguna manera, que si acepto a realizar unos encargos, ¡tengo que hacerlos!

Con lo que mi padre volverá a llevarme a la misma tienda, a ver si la cosa tiene arreglo. Sigue la majísima dependienta. Por casualidad sí, tienen otro periódico de los que necesito. Repetimos operación. Hay que firmar no sé dónde, ahora estamos con el jefe de la tienda. La hora se nos echa encima. Parece que puedo resolver lo de los encargos, pero el tiempo apremia, y ya son las 20.25. Imposible llegar a la estación a tiempo... Vuelvo a echarle las culpas desabridamente a mi padre. Por tu culpa, por tu culpa, por tu culpa. Yo estoy estresado perdido, pero mi padre, aunque algo culpable, parece estar tan tranquilo, como si aún pudiese suceder el iluso milagro de llegar a tiempo... Salgo corriendo una vez firmado lo que había que firmar, corriendo, mochilita a la espalda, pero me he dejado el boli en el pequeño mostrador de pared... más pérdida de tiempo, otro nuevo contratiempo...

Ya estoy llegando a la estación. Me acompaña, ambos con prisas, Ángel Caballero. Cosa curiosas: mi padre parece haberse transmutado en Ángel Caballero, sólo que a partir de ahora le trato como amigo, no como padre. Por el camino vamos discutiendo. La verdad es que van muchos trenes a Sevilla, o sea que si pierdo uno, habrá otro después, se supone. Y según me decía alguien en el sueño (puede que el jefe de la tienda o puede que un vecino): que creía que había uno a las 22 horas. Mientras caminamos deprisa, Ángel me dice que sino puedo viajar en otros trenes, aunque no sean tan rápidos como el Ave. Y le respondo que me niego en absoluto a estar un montón de horas metido en un tren, no voy a pasar toda la noche viajando... Ángel me insiste que lo importante es viajar por mucho que se tarde. No te jode, ¿y qué quieres, que vaya en burro? -le suelto-. O andando -añade, no sé si ya en tono de cinismo o en tono conciliatorio-.

LLegamos a la estación, hay que buscar donde se sacan los billetes. Me disculpo con Ángel por haber discutido tanto con él y por mi mal humor. Me indica que si se discute es porque hay interés (afecto), que si a él le diese lo mismo, ni se molestaría en escucharme. Ok. Tomo nota. El tema de adquirir billete es un auténtico caos, una enorme sala con montones de pequeñas oficinas en el medio, aquí y allá. Me dan un número, 300 y pico, y tengo que buscar la ventanilla apropiada, pero esta labor es imposible, esto está desorganizadísimo. Todas estas oficinas donde expanden los billetes tienen números comprendidos entre tal y tal cantidad. Cuando mi número encaja en esos márgenes, resulta que he topado con una ventanilla de viajes a otro destino, no a Sevilla... No hay manera, el tren se me va a escapar (quedarán cinco minutos) sin que obtenga el billete entre tanto remolino de gente y de ventanillas. La salvación: me acuerdo de un truco de Eva, que me contó hace tiempo. Sencillamente, lo que hay que hacer en estos casos es meterse en el tren sin más y pagar el billete por el camino, ya en pleno viaje. Pero a lo mejor me arriesgo y resulta que no hay plazas en el Ave en que me meta y me obligan a bajar en Puertollano... En fin, da igual, es la única alternativa.

Y surge un nuevo contratiempo contrarreloj: ahora no sabemos dónde están los andenes de los Aves a Sevilla. Joder. (La estación, por su funcionalidad es la de Atocha, pero en el sueño es otra estación, en nada parecida a Atocha). Uno que pasa por allí nos señala el camino. Nos vamos cruzando con pasajeros que se han apeado, hay esperanza aún de no perder el tren. Al fin llegamos Ángel y yo donde están los trenes de alta velocidad. Ahí vemos los morros de dos Aves. Entramos en una especie de expositor, en la cola del tren, donde se muestra el Ave del futuro; se trata apenas de una pequeña cámara con un par de sillones. Atravesamos la puerta del fondo y ¡por fin estamos dentro del Ave! Que estará a punto de partir. ¡Menos mal! El vagón en el que estamos, a la cola del tren, parece más un vagón de metro que un vagón del Ave. Hay gente de pie, gente sentada. Lo primero que ha hecho Ángel, a modo de descanso, es sentarse en el primer asiento con el que se ha topado. A mí me gustaría avanzar más, estar más a la mitad de los vagones, ya que aquí, si me pillan, se nota demasiado que me he colado y que no tengo billete... Pero hay algo más terrible: De pronto caigo en la cuenta de que aquí en el tren, durante todo el viaje, no podré fumar... ¡No había pensado en esto!

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