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De compras


cuando voy al corte inglés
no es para comprar espaghettis
o lechugas
ni por favor póngame un kilo de lomo.

tampoco voy a comprar un haifidelity.

mucho menos champú
unos vaqueros o un gorrito de lana

y no digamos pecar de hortera o mimoso
y comprarme
un elefantito de peluche.

al corte inglés
tampoco voy a por papel cel
ni palillos
ni paté de oca que no me gusta.

para nada libros de cocina
o de deporte
o de aprenda alemán en cuatro días.

ni por supuesto
preguntar por la sección de ferretería
-gracias muy amable.

ni cinco cuchillasdeafeitar

ni tampoco birra güiski café
ni rotuladores pinceles sacapuntas
ni siquiera una sandía una corbata un sello.

sencillamente

voy
porque me gusta ver
cómo trabajan las mujeres
del corte inglés.
además
con esos preciosos uniformes
me da la sensación
de que todas ellas
me pertenecen.

sin duda

que es el pudor
lo que me impide
acercarme por detrás,
besar sus nucas
con mimo
delicadeza
y susurrarles
very piano
bájate la falda.


Niño malo: libro de poemas del escritor José Martín Molina

Poema perteneciente al libro Niño malo del escritor José Martín Molina, obra que fue premiada con un Áccesit en los XIV Certámenes Nacionales "Ciudad de Alcorcón". Ahora disponible tanto en libro como en formato eBook.



ver más información sobre el libro Niño malo
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05 agosto 2011

1er poema de Una temporada en el Infierno, de Arthur Rimbaud





primer poema de Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud
Arthur Rimbaud (1854-1891)
> ver biografía de Arthur Rimbaud
> ver más contenidos y poemas de Arthur Rimbaud





(1er poema de Una temporada en el infierno)
[poema perteneciente al libro de Arthur Rimbaud Una temporada en el infierno, de 1873]
[traducción de Ramón Buenaventura]


Antes, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se
abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían.
Una noche, me senté a la Belleza en las rodillas. — Y la
hallé amarga. — Y la insulté.
Me armé contra la justicia.
Me escapé. ¡Oh bujas, oh miseria, oh odio! ¡A vosotros se
confió mi tesoro!
Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza
humana. Contra toda alegría, para estrangularla, di el salto sin
ruido del animal feroz.
Llamé a los verdugos para, mientras perecía, morder las
culatas de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme en la
arena, la sangre. La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo.
Me sequé al aire del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la
locura.
Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota.
Habiendo estado hace muy poco a punto de soltar el último
¡cuac!, se me ocurrió buscar la clave del festín antiguo, donde
había tal vez de recobrar el apetito.
La caridad es la clave. — ¡Esta inspiración demuestra que
soñé!
«Seguirás siendo hiena, etc.», exclama el demonio que me
coronó de tan amables adormideras. «Gana la muerte con todos
tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales.»
¡Ah! Ya aguanté demasiado — Pero, querido Satán, te lo
suplico, ¡menos irritación en la pupila! Y mientras llegan las
pequeñas cobardías rezagadas, tú que aprecias en el escritor la
carencia de facultades descriptivas o instructivas, te arranco
unos cuantos asquerosos pliegos de mi cuaderno de condenado.



> ver más poemas del libro Una temporada en el infierno de Arthur Rimbaud
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