22 septiembre 2011




Sueño (44) publicado en Un laboratorio indecente el 12/09/2011


(44) La casera y el pervertido en las sombras

El sueño de La casera y el pervertido que me acosa una y otra vez desde las sombras
Llega a casa (una casa mucho más grande y espaciosa que la nuestra) la casera. La recibe mi madre mientras yo me encuentro fumando en la cocina. No me da buenas vibraciones esta visita, me temo lo peor. Mi madre hace pasar a la casera a la cocina tras decirle que estoy fumando ahí. No me hace gracia que me vea fumeteando en su casa. Le comentaré que habrá visto lo bien que le tengo cuidada la casa. Ella dirá algo mínimo a modo de reproche y pasa directamente al asunto que le ha traído aquí, y es lo que me temía: tenemos que dejar el piso, lo necesita para una familiar o algo así, me cuenta con amabilidad. Se deduce que de manera inmediata. Se sorprenderá mucho con el careto de desagrado que pongo. No sé si le responderé algo parecido a que no puede hacer una cosa así. Le insinuaré si se trata de más dinero. Sí y no; parece que por esta vía poco se puede conseguir... Se marcha, me indica que vendrá mañana a indicarnos el plazo que tenemos. La miro irse, pequeña, morena y bien entrada en años, pero atractiva.

Una vez se ha marchado me cabreo muchísimo. ¡Esto es lo que faltaba! Con todo el follón que supone buscar otro piso y mudarse. Con la cantidad de dinero que implica una mudanza y dejar señales, lo cual me dejaría casi pelado el dinero del banco, le cuento a Eva. Y la enorme pérdida de tiempo buscando pisos, reorganizando una nueva casa. Pienso en que debemos tener un amparo en la ley después de llevar alrededor de diez años aquí. Pienso en abogados. Pienso en Mecky, en llamarle. Pero yo ya no estaría cómodo en un sitio del que quieren que me vaya... Según lo hablo con Eva, es posible que en el mismo inmueble haya un piso de alquiler, son casi las dos de la tarde, aún puedo preguntárselo a Juan, el portero. Hay que darse prisa, no sea que por la demora no pille a Juan y luego sea ya demasiado tarde. Para ir más rápido me descolgaré por el hueco de las escaleras.

Me encuentro con el otro portero, el portero de la otra mitad del mismo inmueble (¿?), que me dice que sí, que hay un piso en alquiler. Se dispone a mostrármelo. El piso es de un solo espacio, un único salón y ya está. ¿Cómo es posible que sea más pequeño que el nuestro? Aquí no cabríamos Eva, mi hijo y yo. Definitivamente no. Ahora estoy en el ascensor con este portero, que de manera siniestra me entretiene para no salir del ascensor, yendo continuamente de abajo a arriba y de arriba abajo. Logro escaparme de la sospechosa insistencia de este portero. Y resulta que estoy lejos de casa, el piso que me han mostrado está mucho más al norte de nuestro barrio.

Voy por la calle, quizá por la zona de Bravo Murillo, y practicamente lo que necesito es volar con la prisa que tengo. Me fijo en que la gente dando un salto, se levanta con ligereza unos cuantos metros. Pruebo yo y efectivamente puedo ir dando livianos saltos de gigante y de esta manera desplazarme casi volando. Regreso pues a mi inmueble saltando por los tejados, las cornisas y las terrazas. Hasta que creo haber llegado, entrando desde arriba a mi terraza. Nuevamente a buscar a Juan. Lo encuentro en un inmueble mucho más alejado...

Y llega otra fase del sueño, en que partiendo del follón anterior, con su esencia, digamos, impregnando el aire, me hallo ante el ordenador, de noche, dedicándome al porno (imágenes y/o vídeos). Ya me había parecido presentirlo antes, pero es ahora, cuando estoy a punto, que me giro y veo a mis espaldas, en la oscuridad, observándome canino desde el pasillo, un tipo salido y vicioso que está "enganchado" conmigo. Al ver que le descubro desaparece. Me levanto, le busco. Y vuelve a aparecer con la obsesión de quedarse, excitándose sexualmente mientras me mira. Ahora está fuera, pero puede vérsele a través de los cristales de las dos puertas de la galería, que dan al descansillo. Me aseguro de tener los pestillos bien cerrados. Y ahora el perturbado saca una pistola y me apunta con ella. Retrocedo para salir de su campo de visión a través de los cristales. Mas vuelve a encañonarme desde otra ventana o desde el balcón.

No sé cómo pero vuelve a entrar en mi casa. El pervertido me explica que la pistola es falsa. Me la muestra. Efectivamente, le falta un buen trozo delantero con lo que no puede dispararse con ella. Se la quito de las manos con autoridad y le insto a que se marche. Y desaparece. Pero volverá a las andadas, de nuevo intentando entrar a través de los cristales de las puertas de las galerías. Eva, presente en algunos momentos, se mantiene al margen, la cosa no va con ella.

Otra vez está a punto de lograr entrar el perturbado, obsesionado conmigo, y forcejeamos en el descansillo. Lo pienso dos veces: podría levantarlo en volandas y arrojarlo por el enorme hueco de las escaleras, pero se mataría y habría cometido un crimen, me habría convertido en un asesino. Al final, la desesperación, la certeza de que no habrá manera humana de librarme de él, me decide a lanzarle al vacío. Así que sin mucha dificultad lo elevo y lo arrojo con fuerza por el hueco de las escaleras.

En su caída irá dándose porrazos aquí y allá con escalones, barandillas, esquinas, etcétera, a lo largo de cinco o seis pisos. Ya le doy por muerto. Pero ante mi mayúscula sorpresa me equivoco, el tipo se levanta como si nada y vuelve a subir. Llegamos nuevamente a las manos, vuelvo a izarlo y lo tiro otra vez escaleras abajo. Aunque algo maltrecho, tras la caída, ¡vuelve a levantarse! Y repetidamente se dirige hacia mí. Continuando una espiral repetitiva que da la sensación de no terminar nunca.

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