23 septiembre 2011




Sueño (45) publicado en Un laboratorio indecente el 17/09/2011


(45) La consulta de los podólogos en un barrio chungo

Sueño de La consulta de los podólogos en un barrio conflictivo y chungo, con disparos y todo
Creo que voy en autobús desde abajo a una zona por las inmediaciones de Aluche (en realidad se corresponde a otra zona de la Carretera de Extremadura). Estoy caminando por un barrio de edificios de viviendas de no más de tres pisos, todas iguales, plantadas en un descampado de arena. Una zona urbana muy pobre, de clase muy baja. Estoy bucando la consulta de un podólogo, pero me extravío, no la encuentro entre estas casas de barrio bajo. Voy bastante bien vestido y con dinero encima (recuerdo cuando cogía, calculando las necesidades, el dinero antes de salir de casa), con lo cual todo el mundo me mira, especialmente pequeños grupos de chiquillos aquí y allá, que me da la sensación de que me están siguiendo. Lo cierto es que tengo miedo de que me atraquen.

Tres muchachos se dirigen a mí y me preguntan que a dónde voy. Creo que no digo nada, pero saben que voy al podólogo. Uno de los chavales se ofrece a hacer de podólogo por una módica cantidad, evidentemente no me fío ni un pelo. Justo en ese instante se abre una puerta de un piso bajo, a ras de tierra, de la que sale un vejete simpático: es el podólogo y me invita a pasar. Les digo a los chavales que cuando termine les invito a una caña (con la intención de no hacerlo, claro, pero lo que quiero es deshacerme de ellos cuanto antes, y también como amable rechazo a su oferta). Entro en la consulta del podólogo.

Más que una consulta o clínica, se trata de una casa familiar en la planta baja. Un enorme piso lleno de habitaciones y cachivaches curiosos e interesantes por todas partes. Una especie de desorden ordenado... Son dos médicos, uno el simpático y afable vejete que me abrió, otro un tipo moreno alto y educado. Aparte de podología, en el piso también hacen psicología y veo cómo entra una joven en una sala a realizar su terapia. Tendré que esperar algo antes de que me toque. Esta casa es un auténtico laberinto y parecerá que los sitios están cambiando continuamente de ubicación, por ejemplo el cuarto de baño. En la sala de espera, el médico alto me indica que no estoy nada bien de salud, con sólo observarme un poquito.

Ya ha llegado mi turno. Estoy en una sala enorme, con algunas vitrinas de cristal. Me atiende una enfermera vestida de blanco en lugar de los podólogos, que no aparecerán por aquí. En las plantas de los pies apenas tengo unas durezas en el talón y algún que otro sitio. La enfermera me aplica una pomada para que se vayan reblandeciendo las durezas. Y eso parece ser todo. Tendré que venir otro día a seguir con el tratamiento. Se ha hecho muy tarde, más allá de las 10 de la noche. Temo no haberme traído el suficiente dinero, pero nadie me habla de pagar, con lo que supongo que el pago se realizará en posteriores sesiones. Recojo mis cosas, mi abrigo, reviso el dinero.

Me dispongo a salir, estoy en la entrada, pero veo, chavales y jóvenes sospechosos, apostados aquí y allá, enfrente, a los laterales, mirándome, esperándome. Sus intenciones están bastante claras. El podólogo vejete está a mi lado, sintiéndose algo culpable por "haberme traído" hasta aquí. Para asegurarme del peligro vaticino en los rostros que desde la oscuridad aguardan, de pronto grito: "¡¡Policíaaaaaaaa!!". Y Efectivamente, al instante salen los malhechores huyendo disparados en todas las direcciones. Se ve cómo en el barrio se movilizan varias patrullas de policía, que vienen a nuestro encuentro.

Del primer vehículo de la policía que llega se bajan dos polis, y es uno de ellos, alto y fuerte quien se dirige a nosotros de una manera desabrida y maleducada, casi nos amenza preguntándonos si habíamos llamado nosotros y por qué. Tanto el podólogo como yo intentamos explicarnos, de manera muy sencilla, pero el miembro policial no nos deja ni hablar. Mientras, van llegando otros tres o cuatro coches más de la policía. De uno de los edificios colindantes suena un disparo y la bala, a cámara lenta, se dirige a la espalda del policía que nos estaba interpelando, que no se mueve ni un milímetro. Me da tiempo a apartarle de un empujón antes de que le alcance el balazo.

Ahora sí está claro que no habíamos pedido auxilio en balde. Nos ponemos todos a cubierto ante la lluvia de balas que se desata. Todos, excepto el policía borde, que sigue de espaldas a los tiros, en la misma posición, sin inmutarse. Las balas pasan muy cerca de su silueta, salvo dos que vienen a darle en la espalda. Nos quedamos asombrados al ver que no le afectan las balas.

Ahora es palmario que para salir de aquí la policía tendrá que escoltarme. Podrían acercarme al metro, que no está muy lejos, pero desde esa estación tendría que hacer numerosos transbordos, y algunos de ellos con muchos pasillos y larguísimas escaleras mecánicas que incitan al vértigo. Mi intención es que directamente me lleven a casa. Y parece que lo consigo. Tan contento entro en uno de los coches de la policía en el que irán dos guapas polis.

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