18 octubre 2011




Sueño (53) publicado en Un laboratorio indecente el 15/10/2011


(53) El concurso de las figuritas

las cosas que sueño: El concurso de las figuritas, peripecias, aventuras y cuentos de terror
Me asocio con dos colegas, uno algo gordo (que llamaremos Romero, por asociación) y otro delgado, moreno y bastante vivo (que llamaremos Héctor Koala, por asociación), para participar en un concurso que tiene que ver con miniaturas, figuritas o esculturillas. El caso es que por lo visto tenemos que desplazarnos a Andalucía y lo haremos en un santiamén, seguramente en coche. Todo el resto del sueño transcurrirá en Andalucía, pues, pero estará, yendo en coche, a la misma distancia, más o menos, de Toledo. En teoría tendremos que estar un par de días por el sur para hacer enorme acopio de múltiples figuritas con las que haremos una escultura general o una instalación o algo así. Nos abastacemos de innumerables esculturas pequeñas de distintos materiales, más de doscientas.

A vista de pájaro, vemos unas salas comunicadas donde hay una especie de museo de muchísimas figuritas colgadas en la pared, sonbre mesas, sobre repisas, en una especie de horror vacui sin casi espacios libres. Escondidos, en plan videojuego, hay múltiples guerreros (parecidos a Darth Vader), quietos y expectantes, esperando entrar en acción y atacarnos en cuanto entremos.

El caso es que las cosas se atrasan y ya llevamos una semana por Andalucía. Yo estoy en una casa, esperando a que vuelva mi madre, que ha ido con mi hermana a la peluquería, para que en coche me lleve a Madrid. Mi madre me dijo que vendría en unos diez minutos, pero empieza a retrasarse. Me pongo nervioso. Llegará en unos 45 minutos. ¡¡Resulta que al final ha esperado a que terminaran con mi hermana!! Me enfado. En un periquete, sin ton ni son, mi madre y mi hermana desaparecen de la escena.

Ahora resulta que mis colegas empiezan a echarse atrás con lo del concurso, dan largas y "me han traicionado", sin decirme nada y han regresado a Madrid hace tiempo, sin que yo lo supiera. Hablo con Romero por teléfono sobre el asunto. Ahora me encuentro con Héctor en su tienda, donde vende materiales y género para cosas de gimnasio o algo así. Aunque la tienda irá cambiando un par de veces de género. Tendrá en otro momento las paredes azules. Estamos viendo qué hacer al final con la decoración de la tienda que él me había encargado. No sabe lo que quiere. Me señala unos pósters de adorno confeccionados con múltiples fotos tipo collage, habría que rehacerlos. Le pregunto si prefiere una composición tipo "abigarrada" o algo más limpio. No lo tiene claro, aunque todos los indicios y sus gustos me hablan de decoracines sencillas y limpias. Al final no habrá acuerdo, no sabe lo que quiere y en el fondo le gusta la tienda como está. Para calmarle le pondré otro ejemplo que me pasó con un cliente, que al final no quería hacer cambios, pero se sentía comprometido y me encargaba tonterías, y terminé por decirle, con gran alivio para él, que no se preocupase, que si no lo veía claro que no me encargase nada. Ya hora lo mismo. De todas formas, explico, yo no soy decorador...

De nuevo en la misma casa estamos esperando la llegada de María de la tienda bedeene, que nos va a llevar en coche hasta Madrid. Llega con su hija, casi con puntualidad, pero se enfada al ver que todavía no estamos listos, ya que todavía estamos decidiendo qué hacer con las figuritas, si llevárnoslas o no. María coge y se va, con su hija, dice que va a una tienda a comprar algo y que volverá en media hora para recogernos, y se va sin más, aunque insistimos en que se quede aguardándonos.

Definitivamente mis dos colegas se rajan, no siguen con nuestro proyecto de escultura de miniaturas para el concurso. Mira que me lo esperaba y lo sabía... Y se lo digo a alguien: que al principio de asociarnos con ellos me dije: como me fallen les mato. En fin. En una semana ya han perdido todo el interés, también por falta de tiempo.

Termino llegando a un acuerdo con Héctor. Las figuritas se quedarán en su tienda, ya veremos qué hacemos con ellas. Y nos disponemos a regresar a Madrid. Luego pensaré, cuando ya es tarde, que tendría que haberme quedado con las esculturillas yo, metiéndolas en un par de grandes bolsas blancas, y hacer algo con ellas, quizá se me ocurriera algo rápido e ingenioso para presentarlas al concurso. Pero no estuve avispado y las miniaturas se han quedado en la tienda de Héctor.

Regresando los tres hacia Madrid, pero en vez de en coche, atravesamos múltiples callejones y salas enlazadas unas con otras. Soy yo quien va delante, tomando la iniciativa y marcando el camino. En los primeros espacios que atravesamos vemos niños, algo descuidados, sucios, algo miserables, como de barrio de clase muy baja. Ahora las salas que vamos cruzando son iglesias nada ostentosas, sin decoración apenas, prácticamente una nave de paredes blancas sin adornos, más síntomas de que estamos atravesando un barrio muy pobre. En una de estas iglesias hay una serie de feligreses en plena liturgia. Procuramos salir llamando la atención lo menos posible. La cosecución de varias iglesias de este tipo, una tras otra, que se van sucediendo en nuestro regreso, me pone sobre la pista, y así se lo hago saber a mis dos colegas, que "cuando hay tanta iglesia es que hay mucha delincuencia". Así que tendremos que ir con mucho cuidadito.

Ahora estamos bajando las escaleras de un inmueble desde un sexto piso, adonde hemos llegado tras seguir la secuencia "lógica" de iglesias. Cada tramo de escaleras, cada descansillo, nos va ofreciendo sorpresas de lo que nos estábamos temiendo: un barrio conflictivo, con delincuencia, miseria, mendigos, drogas, un barrio muy deprimido (o ciudad) del sur. Así nos vamos topando, según bajamos, con un mendigo durmiendo de aspecto peligroso, un saco sospechoso, un bulto indefinible como si fuera un muñón humano, quizá algún cadáver, algo que parece un trozo de momia. En definitiva figuras y personas que están o inertes o dormidas, con lo que avanzamos con muchísima cautela y silencio.

Llegamos a la planta baja o portal, un espacio medio en ruinas, lleno de extraños objetos indefinibles y donde aquí y allá hay malhechores tendidos, durmiendo, tapados o medio tapados con raídas mantas polvorientas. Ahora sí que caminamos con exagerado sigilo. Poco antes de llegar a la puerta yacen dos malvados más, dormitando, ¡¡uno de ellos tiene el mismo rostro que el monstruo de Frankenstein!! Sigo siempre el primero, guiando a los colegas. Estamos a punto alcanzar la puerta de la calle sin percances, pero, está complicado pasar entre tantos bártulos y a dos metros de la puerta, choco con algo que cae al suelo y arma un buen estrépito, lo que provoca la terrible amenaza de haber despertado a estos infernales seres, que ya se están levantando y no podemos augurar nada bueno...

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