20 octubre 2011





1ª entrega de la novela American Maricón: Un americano llega a las Fiestas del Orgullo Gay
Tim, norteamericano según su pasaporte, tenía 18 años cuando aterrizó un sábado hacia las 11 de la noche en el barrio madrileño de Chueca en plena efervescencia de la fiesta del Orgullo Gay. Y resaltamos el hecho de que contaba 18 años, ya que si llega a tener 17 (o menos) podría meterse en problemas el autor o narrador de estos hechos al ser acusado de perversión de menores o cualquier otra gilipollez semejante. Tim por lo tanto sumaba sus 18 abriles (quede la cuestión zanjada) y se vino solito acompañado de sus maletas, tres para ser exactos, unas feas maletas llenas de cosas inservibles y pintorescas. Quería ver mundo, ignorando el chaval, que hay sitios mejores para ver mundo que el cacicorro provincianismo de Madrid, que tiene todo chiquitito (menos los miembros masculinos de algunos ciudadanos, claro está, cosa que Tim comprobaría rápidamente), nada de gigantescas plazas europeas, nada de avenidas donde cabe casi un tren (en sentido transversal).

Nuestro americanito no tenía ni papa de español, aunque sabía algo de italiano, más que nada palabras imprescindibles para los "actos" internacionales, ya que el verano pasado una profesora nativa de Nápoles se encaprichó de él en Marshfield y le enseñó su lengua mientras pormenorizada e insistentemente le metía la lengua. Se llamaba Rita, Rita Culicone, una mujer con unas robustas piernas de bailarina y llenas de pelusilla, piernas que parecían haber abominado de la depilación de por vida.

El por qué y el cómo llegó Tim a Chueca, todavía es un misterio. Parece ser que se dirigía al Museo del Prado, que por supuesto a esas horas estaba cerrado, pero Tim, como muchas otras cosas, lo ignoraba por completo. Se hizo con un plano en un kiosko cochambroso, que estaba a punto de desplomarse y de hecho lo hizo cuatro días después, en cuanto hubo un poco de temblor con un martillo mecánico en una obra cercana, aplastando con una imparable avalancha de revistas porno a una pobre anciana en plena fuga del asilo y también a unas cuantas hormigas sin importancia. Pero el plano que le vendieron a Tim no era de Madrid. Como le vieron cara de tonto o atontado, que a veces significa lo mismo, le vendieron el mapa más caro, un ingente mapa de toda la geografía China, un mapa realmente enorme, que para desdoblarlo entero hacían falta unos 100 metros cuadrados de espacio libre. Así que siguiendo las dobleces del mapa y siguiendo lo que creía que era el simbolito del Museo del Prado (un mezquino dibujito milimétrico de una casita con un tejado a dos aguas, algo que podría ser fácilmente interpretado como una caseta de perro), llegó tras muchas vueltas de peonza, al centro mismo de la plaza de Chueca.

Su asombro, cuando sus ojos vieron lo que vieron, fue mayúsculo. Una enorme baba boba se le empezó a escurrir por los finos labios al tener la boca más abierta que el culo de una foca. Aquello era una auténtica bacanal. Tíos semidesnudos y algo más que semidesnudos por todas partes, besándose, dándose cachetadas en los traseros, bebiendo como cosacos, fumando canutos de distintos tamaños y grosores, incluso alguno enchufándose unos extraños polvillos por la nariz en plan aspiradora de segunda mano, y se reían, cantaban, bailaban, exhibiendo glúteos, pectorales, tangas, orejitas de conejo, muñequeras de cuero con pinchos, pantalones tan ajustados que parecían haber sido sorbidos por el ojete... y había travelos miraras donde miraras, con las más estrambóticas vestimentas que imaginar se pudiera, fauna y flora de lo más cachondón de la noche.

Aquello era para verlo, y los ojos de Tim se estaban comiendo el espectáculo con patatas y sin respirar, adquiriendo su tez un color morado sospechoso. Claro que había gente vestida con normalidad y también había chicas, muchas chicas, participando del fiestorro, incluso podría parecer que algunas eran un poco guarrillas a juzgar por como vestían y lo facilonas que prometían ser. Sin embargo nuestro amigo estadounidense tardó un tiempo, unos seis minutos largos de un reloj que atrasa, en percatarse de todo el entorno. Y entonces nuestro guiri fue pasando de la más redonda y embebida estupefacción a una ilusa alegría, al principio algo borrosa, pero que en breve se iría transformando en una decidida y burbujeante euforia, hasta el punto de dar un gritito y un par de saltitos de gorrión empalmado.

Efectivamente, Tim tenía ante sus ojos la gran aventura que andaba buscando con el ansia cretina típica de los jovencitos más pardillos e inexpertos. Quería quedarse allí pasase lo que pasase, participando del jolgorio y la lujuria, y no le hubiera movido de allí ni un ciclón, tal era su obstinada determinación y su desenfrenado entusiasmo. Se olvidó del Museo del Prado y se metió en el primer local de copas que había a mano, a pimplar cualquier cosa para intentar integrarse en aquella alucinante y moderna Sodoma y Gamorra, osea las fiestas anuales madrileñas del Orgullo Gay.

[Continuará]


autor: josé martín molina
>> ver más entregas de Un americano en Madrid


Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com . Se agradece la visita!
Related Posts with Thumbnails

0 Comentarios :

Publicar un comentario