22 noviembre 2011




Sueño (60) publicado en Un laboratorio indecente el 18/11/2011


(60) Atrapados en las montañas rocosas de Alcorcón

Sueño: Atrapados en las Montañas Rocosas de Alcorcón y otras peripecias como el encuentro con Juan Echanove
Voy caminando y charlando por las calles de Madrid con el actor Juan Echanove. Le hablo de su gran interpretación y el personaje que hace en Cuéntame como pasó, y se siente muy halagado. También le recuerdo dos o tres películas en las que intervenía. El me describe un rodaje de los primeros que tuvo, sino el primero, con todo tipo de aventuras emocionantes, rodando por la noche, y que le hizo decidirse firmemente a dedicarse al cine y decirse "yo quiero ser actor". Nos metemos en algún bar. Juan procura no ser reconocido para que no nos molesten, pero es inevitable que las miradas se claven en nosotros, especialmente en él. En un bar, ante la barra, un biombo desplegable nos protegerá de las miradas curiosas.

Y hay un salto. Ahora, de noche, estoy volviendo en coche a Alcorcón, por la carretera de Extremadura. Me lleva, en su coche, Javiertito. Vamos charlando animadamente, yo especialmente estoy muy dicharachero. Javiertito me comenta que él me lleva encantado siempre y cuando yo le dé conversación, como hoy, ya que otras veces he ido sumamente silencioso y así no le compensa llevarme. Parece que al rato hay dos o tres personas más en el coche.

Ahora (ya es de día) estamos atravesando el montículo del primer puente que cruza la carretera de Extremadura para entrar en Alcorcón, pero de repente el coche se queda atascado, las ruedas no avanzan, como si estuvieran presas entre tenazas de potente barro. Debe ser que nos han tendido una trampa o algo similar. Hay como tablas claveteadas en las ruedas. A partir de aquí el sueño se convierte en una singular historia de supervivencia, en la que Javiertito ha desaparecido casi al instante. Resulta que estamos atrapados en el montículo, que ahora es una gran montaña pedregosa de la que no podemos salir. Yo me he transformado en un rudo francés con barba de náufrago y con extraños atavíos de explorador. Y tengo unos tres o cuatro hermanos, en muchos momentos gemelos, que también me acompañan en nuestro montañesco cautiverio. Tenemos toda la pinta de Robinsons Crusoe. Nos distinguen colores: uno es el azul, otro el verde, otro el rojo y así.

Hay más como nosotros atrapados en la montaña. Vivimos entre las grutas. Dejamos nuestros equipajes aquí y allá. Y así deambulamos: manchados de barro, las vestimentas hechas jirones, luengas barbas sin arreglar... En plan subsistencia, hasta que alguien nos saque o logremos salir de estas inexpugnables rocas.

En un momento dado estoy buscando algo entre las grutas. Me asalta la necesidad perentoria de defecar (yo y mis hermanos estamos con diarrea). Voy buscando entre las cavidades rocosas un cuarto de baño libre. Observo que sale fuego de detrás de unas de las puertas de los aseos. Daré la alarma. El fuego se propagará bastante en este baño, pero se logrará sofocar. El caso es que el fortuito fuego que ha surgido nos ha desvelado que una de las nuestras había preparado una serie de trampas para que no pudiésemos salir de aquí.

Ahora surge la posibilidad de que dos o tres de nosotros podamos escapar de las rocas. Para ello hemos conseguido dos o tres cajones, estrechos y hondos, de madera, que podremos utilizar como botes salvavidas para cruzar un enorme pantano que hay delante, ocupando la entrada de Alcorcón. Yo seré uno de los elegidos que podrá volver a la civilización. Nos ataviamos de lo necesario, enseres y demás que teníamos aquí y allá entre las grutas. Apenas quepo en el cajón, que está repleto de cosas; es realmente increíble que esto pueda flotar y que no se vuelque en una u otra dirección... La clave parece estar en repartir bien los pesos dentro del bote...

Los tres elegidos nos lanzamos a la aventura de atravesar el pantano. Al llegar, de repente, está todo el pantano lleno de gente bañándose. Todos están de pie, o sea que no cubre mucho, y nos miran con ojos atónitos por nuestras estrambóticas pintas de casi mendigos. Hablamos con ellos en francés o inglés, pero no pueden entendernos, aunque sí parece que en inglés algún extranjero nos capta, con lo que tendremos que tener cuidado con lo que digamos. La cuestión es que nos fastidia renunciar al bote (que es ridículo utilizar) y tener que mojarnos. Al final nos desplazaremos a pie, corriendo y metiéndonos por debajo de un túnel, ya que el agua ahora apenas nos cubre el pie.

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