26 noviembre 2011




Émile Zola : novela El dinero (ciclo Rougon-Macquart)
Émile Zola (1840-1902)
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El dinero
de Émile Zola
[1891]


I


Acababan de dar las once en el reloj de la Bolsa, cuando Saccard penetró en la sala blanca y dorada de casa Champeaux, cuyas altas ventanas daban a la plaza. Con rápida mirada, recorrió las hileras de mesillas, donde los hambrientos comensales se apretujaban, pareciendo sorprenderse al no advertir el rostro que andaba buscando.

Cuando, en el alboroto del servicio, pasó junto a él un mozo cargado de platos, le interrogó:

—Oiga, ¿no ha venido el señor Huret?

—No, señor; todavía no.

Decidió entonces Saccard sentarse a una mesa que abandonaba un cliente, en el hueco de una de las ventanas. Creía haberse retrasado, y, mientras cambiaban el mantel, llevó sus miradas al exterior, examinando los viandantes de la acera. Aun después de haberle preparado la mesa, no se apresuró a encargar su comida, quedando unos momentos con la vista sobre la plaza, toda alegre en esta clara jornada de principios de mayo. A aquella hora, en que todos almorzaban, permanecía casi desierta. Bajo el suave verde de los castaños, los bancos estaban desocupados. A lo largo de la reja, en el estacionamiento de coches, la fila de éstos se prolongaba de punta a punta, y el ómnibus de la Bastilla se detenía en su parada, en la esquina del jardín, sin dejar ni tomar viajeros. El monumento, con su columnata, sus dos estatuas y su vasto césped, quedaban bañados por el sol, que caía a plomo, mientras a su alrededor se alineaba en buen orden un ejército de sillas.

Saccard, que se había vuelto, reconoció entonces a Mazaud, el agente de cambio, sentado a la mesa vecina, y le tendió la mano.

—¡Pero si es usted! ¡Buenos días!

—Buenos días —respondió Mazaud, estrechando su mano distraídamente.

Menudo, vivaracho, moreno y de aspecto agradable, acababa de heredar el cargo de uno de sus tíos, a los treinta y dos años. Se parecía mucho al comensal que se sentaba frente a él, un señor grueso de cara roja y afeitada, el célebre Amadieu, a quien veneraba la Bolsa desde su famoso golpe de las Minas de Selsis. Cuando los títulos habían bajado a quince francos y se consideraba loco a cualquier comprador, él empeñó en el negocio toda su fortuna, unos doscientos mil francos, al azar,
sin cálculo alguno, con una obcecación de bruto afortunado. Ahora, cuando el descubrimiento de auténticos y considerables filones había remontado el valor de los títulos por encima de los mil francos, salía ganando una quincena de millones. Y la estúpida operación que debió hacer que le encerraran, le elevaba al rango de los más despejados cerebros financieros. La gente le saludaba y, sobre todo, le consultaba. Por otra parte, el hombre no daba ya órdenes, como si se sintiera satisfecho al verse entronizado por su golpe genial, único y legendario. Mazaud debía cultivar su
clientela.

Al no obtener de Amadieu siquiera una sonrisa, Saccard dedicó un saludo a la mesa de enfrente, donde se hallaban reunidos tres especuladores a quienes conocía: Pillerault, Moser y Salmon.

—¿Qué tal? ¿Va todo bien?

—¡Hola; sí, no va mal!

Pero también entre éstos percibió cierta indiferencia, cercana a la hostilidad. Sin embargo, Pillerault, alto, enjuto, de gestos vivaces y nariz afilada en su rostro huesudo de caballero errante, tenía por costumbre la familiaridad del jugador que tiene por principio la temeridad, declarando que rodaba en las mayores catástrofes cuando se detenía a reflexionar. Imperaba en él la exuberante naturaleza del alcista, siempre encarado con la victoria, mientras que Moser, por el contrarío, bajo, de tez amarillenta que reflejaba una enfermedad del hígado, se lamentaba sin cesar, víctima de un persistente temor a los cataclismos. En cuanto a Salmon, frisando en la cincuentena, con soberbia barba negra como la tinta, pasaba por ser personaje de extraordinaria firmeza. No hablaba jamás y sólo respondía con sonrisas, sin que pudiera saberse cómo opinaba, ni siquiera si llegaba a opinar. Pero su forma de escuchar impresionaba de tal modo a Moser, que no era raro que éste, después de
hacerle una confidencia, corriese a modificar una orden, desconcertado por su silencio.

Ante la indiferencia que le testimoniaban, Saccard, con su mirada febril y provocadora, terminó de dar la vuelta en torno de la sala. Pero sólo cambió una inclinación de cabeza con un corpulento joven, sentado a tres mesas de distancia; el apuesto Sabatani, un levantino de rostro largo y moreno iluminado por unos hermosos ojos negros, pero de boca maliciosa e inquietante, que dañaba. La amabilidad de aquel joven acabó de irritarle. Era sin duda un ejecutado por alguna Bolsa extranjera, uno de aquellos seres misteriosos a quien amaban las mujeres, caído en el mercado desde el otoño anterior, y que ya había visto actuar como hombre de paja en un desastre bancario, mientras, lentamente, iba conquistando la confianza de los profesionales, con su corrección y su infatigable amabilidad, que prodigaba incluso a los más vencidos.

Ante Saccard se mantenía atento un mozo.

—¿Qué va a tomar el señor?

—¡Ah, sí!... Lo que usted quiera; una chuleta, unos espárragos...

Luego, volvió a llamar al mozo.

—¿Está seguro de que el señor Huret no ha venido antes que yo, marchándose luego?

—Sí, señor, completamente seguro.

Allí estaba, después del desastre que en octubre le obligó a liquidar sus asuntos, vendiendo su hotel del parque Monceau para alquilar un apartamento. Ya sólo le saludaban los Sabatanis al entrar en un restaurante donde había imperado; las cabezas no se volvían, ni se tendían a él las manos, como antes. Pero era buen jugador y sabía no experimentar rencor alguno, tras aquel último negocio de los terrenos, escandaloso y desastroso, del que escasamente había salvado el pellejo.
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(El dinero, novela de Émile Zola perteneciente al ciclo Rougon-Maquart)
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