19 enero 2012




Sueño (82) publicado en Un laboratorio indecente el 12/01/2012


(82) Intento de asesinato y acorralados por los disparos de la policía

intento de asesinato y acorralados por los disparos de la policía
Estoy en una especie de vivienda gigantesca que se asimila a una nave industrial de techo no excesivamente alto, donde las salas y habitaciones son compartimentos acristalados con bastante separación entre ellos. Este será el decorado general del sueño. En una de esas "cabinas" está instalado, por mediación mía, mi padre, que se encuentra sedado y en una cama de hospital, muy grave, casi en coma, prácticamente muriéndose. La idea de haber traído a mi padre aquí, en lo que pueden ser sus últimas horas (o días) de vida, no ha sido bien acogido por el resto de la familia, aunque sí ha supuesto un alivio para Gloria. Yo cuido de mi viejo, le atiendo, vigilo su estado, que contra todo pronóstico va mejorando claramente. Creo recordar que hasta llega a levantarse, con su pijama azul de hospital, y circula un poco por su alojamiento, quizá hasta vea la televisión, pareciendo alejarse de la muerte con bastante certeza.

A todo esto se ha ido llenando de gente esta especie de mansión-industrial, son amigos, familia y desconocidos, que van circulando por los espacios que hay entre las cabinas. De repente sorprendo a la hermana de una amiga intentando asesinar a mi padre. Mientras él duerme y reposa en su camastro, ella empieza a meterle un periódico enrollado (o algo semejante) por la boca para asfixiarlo. Quizá se trate de un complot y no esté actuando aisladamente. La detengo en su intento homicida y de manera muy dura y salvaje publico y reitero a los cuatro vientos, a unos y a otros, con pelos y señales, la monstruosidad que iba a cometer esta chica con la vida de un pobre enfermo. Mis increpaciones y advertencias surten efecto y la asesina se ve aislada socialmente. Maica procura convencerme para que me mueva la piedad y no sea tan cruel con la chica en cuestión (quizá tenga Maica un parentesco con ella). Me niego, por supuesto, rotundamente: tiene que expiar su intento criminal. En una vitrina a una doble altura está encerrada la chica, sufriendo un colapso psicológico, histérica, profundamente deprimida, todo debido a mi férrea y fiera actitud. Por supuesto sigo sin compadecerme, que se joda, que pague.

Y el sueño entra en otra dinámica. Se convierte en una trama parecida a una película de gángsters. Desde el exterior se produce un tiroteo tremendo, una avalancha de balas que nos acosan y diezman durante varios minutos en nuestra mansión industrial. Nosotros somos los "malos", se supone, los mafiosos, y casi con toda probabilidad nos dispara la policía. Muchos de los nuestros mueren, acribillados a balazos, entre ellos, mi padre. Una vez muerto mi padre no me queda otra que asumir el mando de los míos. Además, por mi carácter decidido y carismático, me convierto al instante en el líder de los que estamos aquí reunidos en mi singular fortaleza, o sea, en el líder de los cabecillas, aquí presentes, de las bandas más influyentes del mundo del hampa. Además de mi padre, han muerto, mayoritariamente, los jefes mayores, con lo cual, ahora los capos somos nosotros, los herederos, la siguiente generación.

Yo planteo un brillante discurso, bajo luces de fléxores muy del cine negro, acerca de la importancia de salvar nuestras diferencias y estar unidos para salir de este berenjenal en el que estamos acorralados por todos los lados. Resulto muy convincente, afirmando mi autoridad. Pero empieza de nuevo un insistente tiroteo con energías renovadas y al instante se produce la desbandada, cada cuál por su lado, haciendo oídos sordos a mis exhortaciones de permanecer unidos.

La cosa está muy complicada. Ahora ya se trata de un sálvese quien pueda. Delante de mí, el único que como yo ha permanecido impasible ante el reincidente tiroteo, está uno de los capos, de mirada fría y retadora, rubio, serio y lacónico, alto y con aspecto nórdico, que a todas luces es mi más peligroso y manifiesto rival, y que ahora mismo accede a salvarme el pellejo, indicándomelo con un sencillo cabeceo tras mirarme intensamente a los ojos y leer en ellos mi urgente incertidumbre. Acto seguido, corro tras él, siguiendo sus pasos. Atravesamos un abierto jardín del patio, hacia el garage.

En un coche negro de tipo diplomático mete rápidamente tres muñecas elegantes que tienen por rostro un óvalo blanco y nos introducimos después nosotros en el automóvil, en los asientos de atrás. Del respaldo trasero del asiento del conductor, salen unos pequeños mandos, un tanto futuristas, para manejar el coche. Seré yo quién conduzca, indicándome y acompañándome, al lado, el gángster nórdico. Los asientos delanteros permanecen vacíos, con lo que da la sensación, desde fuera, que el coche funciona solo. Haremos lo más ilógico: salir por la fachada de la entrada, que es dónde están apostados todos los policías disparando. El coche irrumpe con un salto de varios metros en el espacio público, lanzado como un torpedo. Y atravesaremos las "trincheras" policiales sin que nos detengan o disparen. Evidentemente, mi compañero debe tener oscuros y secretos contactos con la policía que nos eximen del peligro.

Ya salvados, enmarcados en el tráfico, pierdo un poco el control del vehículo, ya que estos mandos son complicados y extraños, y a duras penas me manejo con solvencia, lo que casi nos lleva a darnos un buen golpe con otro coche. Sin embargo, con las indicaciones del nórdico consigo conducir con menos torpeza. Y a esa altura del sueño, más o menos, me despierto con unas tremendas ganas de mear, mezclándose esta necesidad con las veladuras surreales del sueño.

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