04 enero 2012




Sueño (75) publicado en Un laboratorio indecente el 29/12/2011


(75) Prisionero en el Templo de la Noche Eterna

fotograma de la película Blade: El Templo de la Noche Eterna, donde se realiza el ritual vampírico final
Estoy encerrado en una prisión de alta seguridad, junto con otros siete u ocho reclusos. Escapar parece imposible de los imposibles. La vida en esta prisión está absolutamente militarizada, obligándonos a formar y demás parafernalias de una estricta vida militar. Nuestro carcelero, a modo de feroz y temible sargento, nos alecciona, manda, castiga, etcétera. Habrá un episodio relacionado con el cuarto de baño o letrinas, en que me veo en la misma cabina con uno o dos de los prisioneros. Y habrá otro acontecimiento que desencadenará toda la parte terrible y patibularia que continuará en el sueño.

Resulta que muy de mañana nos han instado a formar en el patio. Con las prisas, no sé cómo, pero salgo sin la vestimenta militar de rigor, que se me ha olvidado ponerme, llevando el pijama obligatorio, gris o azul desteñido. Antes de formar pues intento volver sobre mis pasos para ponerme el traje militar, pero están bajando, a modo de portón metálico de garage, la entrada que hay desde el patio, mientras un vigilante me asegura que no importa el hecho de que forme en pijama. Así que ya no hay remedio, tendré que alinearme con los demás poniendo de manifiesto mi despiste en la indumentaria, a ver qué consecuencias me trae el desliz...

Una vez en la formación, nos pasa revista el terrorífico carcelero. Al verme tiene una reacción absolutamente inesperada: se muestra amabilísimo conmigo, como si alabara mi originalidad. Tan cortés y encantador se muestra que todo viene a indicar que, en vez de darme un ejemplar castigo, me va a dejar en libertad. Me conducirá a una enorme sala, de muchos metros de altura, que debe cumplir las funciones de homenaje antes de permitirme salir de la cárcel, pero... por mucho que intenten engañarme en seguida descubro sus verdaderas intenciones, aunque me hago el inocente, claro está.

Porque donde acaban de traerme no es ni más ni menos que el santuario vampírico, llamado el Templo de la Noche Eterna, que aparece en el final de la película "Blade". Efectivamente, por mucho que me halaguen y enmascaren la verdad, está claro que piensan beberse mi sangre. A partir de aquí (en realidad algo antes), dejo de vivir el sueño en primera persona, siendo testigo desde fuera, como viendo una película. Así que "yo" pasará a ser el protagonista de la trama y sólo en breves momentos aislados volveré a la primera persona de la acción. Es más, incluso "he cambiado" físicamente, siendo ahora un tipo fortachón, alto y algo gordo.

Manteniendo las formas, disimulando, dejándose llevar, el protagonista ya sólo pensará en escapar, buscar esa casi imposible salida para no terminar desangrado en una práctica ritual atroz y abominable. A todo esto también han apresado y encerrado en una mazmorra a la familia del prota: su mujer, dos hijas y otra hija más, quizá de un matrimonio anterior, que sacarán de su escondite en una especie de gruta de ultratumba; la niña lleva colgando de se cuello un caro y precioso collar metálico con vistosas alhajas. Todas ellas van ataviadas de una manera similar a los pajes de la Edad Media.

Hace su irrupción en la estancia (que no es ni más ni menos que una celda enmascarada) donde han introducido al protagonista, un arzobispo con sus lujosos ropajes. Con la misma zalamería hipócrita del carcelero habla indirectamente de una valiosa donación (se refiere al collar de la hija) para tramitar la liberación. Nuestro protagonista sigue disimulando, afrontando todo con un resuelto optimismo e inspirada ingenuidad. El arzobispo desaparece. Desde un hueco labrado en la piedra se puede ver cómo ha empezado ya la criminal ceremonia: vemos al carcelero, al arzobispo y a una suntuosa mujer, sentados en paralelos tronos en la elevada piedra que sirve de altar dentro del Templo de la Noche Eterna, cómo de perfil y con la lengua extendida van recibiendo hilos de sangre humana que caen desde las alturas. Se presume que la siguiente víctima será nuestro protagonista. La imperiosa huida está difícil.

Pero otro personaje ayudará a que el protagonista logre escabullirse. Vemos al personaje nuevo introducirse por pasillos, atravesar puertas del castillo, esperar agazapado para no ser descubierto. Liberará un resorte o algo similar que permitirá que nuestro héroe pueda salir de su mazmorra por debajo, a través de unas trampillas enrejadas que hay en el suelo de la celda y que conducen a una serie de grutas que le pueden dar la libertad. Antes de aventurarse en su escapatoria meditará sobre el destino de su familia. ¿Qué hacer? Ellas están en otro alejado y húmedo calabozo bastante inaccesible. El protagonista tomará la resolución, sin mucha vacilación, de salvarse él, ahora que tiene la oportunidad, y dejar a su familia en las garras de su pavoroso y sangriento destino.

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