13 febrero 2012




Sueño (90) publicado en Un laboratorio indecente el 03/02/2012


(90) Con Estrella y Ponce en la playa, el partido de fútbol y la mala hostia de Pablo

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Estoy con Estrella y Ponce en la playa. Estamos esperando la llegada en coche de mi amigo Javier Fernández Aracama, que vendrá con no sé quién para recogernos e ir todos juntos a la playa (debe ser otra playa, claro) o si no a un sitio de copas. Pero yo quiero ver el partido de fútbol del Barça, que juega un partido eliminatorio de la Copa del Rey contra el Atlético de Madrid, así que me internaré por una galería que hay en la parte baja del muro de edificios que se encuentran en primera línea a pie de playa. En dicha galería hay muchísimos bares con televisiones donde se puede ver el enfrentamiento futbolístico. Ya me avisarán cuando aparezca Javier...

Yo elijo el bar que más suelo frecuentar y me pido una caña. El camarero me pone sólo media cerveza, que me bebo de un rápido trago y acto seguido pido otra. Se repite la operación un par de veces. Tras un rato viendo el partido, caigo en la cuenta de que estoy viendo otro partido, no es el Barcelona el que está jugando, sino un equipo extranjero contra otro... Rápidamente me muevo a otro bar adyacente, donde sí están retransmitiendo el partido que tanto deseo ver. Son muchos los espectadores, ya se han metido un par de goles. Es el caso que todas estas televisiones funciona como los partidos que se pueden ver en internet de manera gratuita en la web de tarjeta roja, con lo que de cuando en cuando la imagen se queda atascada y nos perdemos partes del encuentro.

En el descanso, tras el primer tiempo, salgo a ver a Estrella y a Ponce, que siguen, tranquilos y charlando, tendidos en la arena, esperando la llegada de mi amigo, que se retrasa. Lo que me viene genial para seguir viendo el partido. Empieza el segundo tiempo. Al cabo volverá a quedarse en negro la tele. Antes de que continúe la retransmisión se ofrece un resumen del resultado final del encuentro, con la victoria aplastante del Barça: Barcelona 6 - Valencia 1 (el Atlético de Madrid se ha transformado ahora en el Valencia). Ha habido goles culés de Villa (qué raro, ¿no estaba lesionado?), de Vilá (¿?), etcétera... Para cuando se retoma la conexión en la tele, como ya se sabe cómo ha terminado la cosa, pierdo el interés por el partido, así que salgo fuera, a ver si ya ha llegado Javier (cosa que dudo porque me habrían avisado).

En la playa ahora sólo está Estrella. Ponce ha desaparecido. Le digo a Estrella que si quiere conocer a mi madre. Ella, quizá algo forzada, accede. Lo que yo no quiero es que al ser psicóloga Estrella, mi madre aproveche y se líe a consultarle cosas. Lo que estaría fuera de lugar, que Estrella ahora no está trabajando... Así pues, lo que era antes la galería se ha convertido en el salón de nuestra casa. Cuando entramos mi madre está bastante apesadumbrada, mientras Eva está bastante enfadada, casi borde, con mi madre. Lo que ha sucedido es que por un descuido de mi madre, al acercársele mi hijito Amador por detrás, ella hizo un movimiento extraño con el brazo, con la consecuencia de llevarse su nieto un golpe en la cabeza contra la pared, un buen coscorrón, vamos. Y según me cuenta Eva, esto mismo o algo similar ya ocurrió ayer... Estrella y mi madre se saludan. Antes de que mi madre "acose" a Estrella, volvemos a salir, Estrella y yo, a ver si por fin vienen a recogernos, que ya es tardísimo, y de noche.

Finalmente llega el esperado coche. Pero no es Javier quien llega, sino Pablo, el de Granada. Sorprendente esta aparición en el sueño. Había perdido completamente el contacto con el dicho Pablo desde hace años, desde aquellos locos años juveniles. El tal Pablo era un mal bicho de lo peor, un perfecto hijo de puta, pijo y sádico, un auténtico cabronazo. En el sueño surge igual de lozano que en aquellos entonces, sin que los años hayan pasado por él. Lo único que ha cambiado es que ahora, si cabe, es más retorcido y mala gente.

Estrella y yo nos subimos al coche, a la parte trasera. Delante, de copiloto, va un amigo de Pablo que vagamente conozco. Un tipo muy moreno. Estrella ya ha indicado que mientras no cumpla los cincuenta años, se puede quedar mínimo hasta las cinco de la mañana. Esto es un contrasentido porque ya ha amanecido hace rato y está muy instalada la mañana, pudiendo ser las diez o algo más tarde.

Pablo arranca y no tardamos mucho en precatarnos de que no nos está llevando al sitio previsto, debe tener oscuras intenciones con nosotros, desde luego no da ni la más mínima explicación. El colega de Pablo le hará un comentario desafortunado y sexista a Estrella, prentendiendo hacerse el gracioso y el ocurrente. Nos hacemos los tontos, oidos sordos, quitando hierro a la ligera impertinencia.

El coche, a ratos parecido a un dos caballos, va atravesando playas llenas de gente, por la arena o por la línea costera, y también calles, parques, sin seguir obligatoriamente las líneas trazadas por el asfalto, como si viajásemos en un Land Rover.

A medio camino, casi sin venir a cuento, Pablo abre la puerta del copiloto, con el vehículo en marcha, y le da una patada a su amigo, que medio adormilado, cae rodando, fuera del coche, por los suelos de la calzada. Nos quedamos atónitos Estrella y yo. ¡Este tío es un asesino! ¡Y con su propio amigo! Pablo, detiene el coche y le urge a Estrella a que salga del asiento trasero a toda velocidad y se instale a su lado, en el asiento del copiloto, en sustitución del arrojado fuera. Estrella permanece un instante estupefacta, sin saber qué hacer. Pablo insiste, manda. Estrella acaba accediendo y rápidamente sale y entra por la puerta delantera, justo cuando está llegando el arrojado a todo correr para internarse de nuevo en el automóvil. Una nueva patada de Pablo, sin salir de su puesto ante el volante, da de nuevo con el amigo en el suelo. Y Pablo, con Estrella a su lado, arranca con furia, dejando a su maltrecho compañero tendido en la vía pública.

El avieso de Pablo nos conduce ahora por una carretera ascendente, que sube por una montaña, a saber hacia qué inexpugnable lugar. A mitad de camino vamos viendo, medio camuflados, varios grupos de militares armados hasta los dientes, con cascos y metralletas y demás, ataviados como soldados de la Segunda Guerra Mundial, apostados y en guardia, a la espera. Nos dejan pasar, no nos detienen. Estrella y yo nos asustamos bastante, temiendo una buena refriega bélica. Pero Pablo sigue conduciendo imperturbable, sin hacer caso a nuestras aprensiones, como guiado por una siniestra meta fija.

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