15 marzo 2012




Sueño (99) publicado en Un laboratorio indecente el 13/03/2012


(99) El viaje a Cuba con los colegas

El viaje fortuito a Cuba con los colegas en avión, hermosos paisajes, la ciudad de Cuba, el océano Atlántico
De pronto, sin transición aparente, estaremos Gus, Albero, David Pastor y yo en el fondo de un gran cañón, rodeados de una pared rocosa y circular que algerba mucha vegetación, incluso árboles. El día es soleado, magnífico. Estamos algo desorientados, no sabiendo en absoluto dónde nos encontramos. Se supone que hemos venido en avión, que por alguna razón ha errado su destino y nos ha dejado aquí. Evidentemene yo he tenido que venir durmiendo durante el viaje, sino no se explica que haya podido volar con el pánico que adolezco a viajar en avión.

Empezamos a oír unos extraños cánticos, medio religiosos medio seglares. Al rodear unas rocas vislumbramos un grupo de nativos de unos veintipico miembros, semidesnudos y de tez bastante morena, que de pie y siguiendo las instrucciones de uno de ellos con pintas de ser el jefe, gurú o mesías, van entonando canciones en las proximidades de una caseta de madera y paja. La mayor parte de este étnico clan no nos ve, al estar nosotros agazapados tras una alta y encrespada roca, pero uno de ellos, arriesgándose a ser descubierto y penalizado, sí que habla con nosotros muy amigablemente y muy sonriente. Nos explica que han abandonado la ciudad y se han venido a estos apartados lares a desarrollar una vida precaria y espiritual al margen de los demás. Cuando le preguntamos que dónde nos encontramos como respuesta hará su aparición un enorme mapa con bastantes pliegues entre nuestras manos.

Consultando el mapa llegamos a la conclusión de que nos encontramos en Cuba. Aunque por las características geográficas del lugar y girando 45 grados el mapa resulta que nos encontraríamos en pleno corazón de Brasil. Finalmente la lógica y la correcta colocación del plano cartográfico nos revelan que efectivamente estamos en Cuba, y no muy lejos de la costa. Nos ponemos pues en marcha, con la intención de hallar la manera más rápida de regresar a Europa, a España.

Atravesando parajes y quizá alguna selva en un santiamén llegamos a la ciudad. Una ciudad de casas bajas, no hay edificios altos. Vamos caminando en fila india por la calle principal (primero David, luego Albero, después Gus y el último yo) con prisas y con la intención de coger a tiempo el próximo tren. Más allá de hileras de casas, incluyendo la casa presidencial, de vislumbra a un kilómetro de distancia aproximadamente el ancho y radiante océnao, de un azul intenso y precioso. Yo voy maravillado con los paisajes, las calles, todo lo nuevo, mirando aquí y allá, embrujado, fascinado, mientras mis colegas no se detienen ante nada, presurosos, con lo que corro peligro de quedarme rezagado y perderles la pista. Intento retener en mi retina las maravillas que voy viendo, repitiéndome alucinado, sin terminar de dar crédito, que al fin he visitado el continente americano, tan distindo al europeo.

La ciudad está atestada de gente, de negocios abiertos. Ni siquiera nos detenemos a comprar souvenirs o a adquirir el necesario tentempié. De hecho tenemos que manejarnos con cautela y en el anonimato, no debe notarse que somos extranjeros. Es más: no podemos comprar nada porque sólo tenemos la moneda española y pagar cualquier cosa en pesetas nos pondría inmediatamente en apuros, impidiendo ciertamente nuestra salida de aquí.

Ahora (o quizá fuese antes de llegar a la ciudad) nos desplazamos los cuatro en la parte trasera de una furgoneta tipo jeep. En breve llegamos a la estación de trenes. Frente a unas escaleras mecánicas parece que he perdido la pista de mis amigos. Pero no, menos mal, localizo a Albero algo más abajo, descendiendo por la tercera escalera mecánica consecutiva. Finalmente hemos llegado justo a tiempo y ya nos encontramos en el tren, que acaba de arrancar. Por un momento creo que el tren atravesará por un túnel el Océano Atlántico, pero resulta que este tren se dirige a los Estados Unidos, desde donde cogeremos un avión que nos devuelva a Europa. Vuelven mis miedos con lo de viajar en avión, pero la solución sigue siendo que vaya como vine: profundamente dormido.

viajando por los Estados Unidos, sus paisajes, sus campos, sus maravillas
Durante unos instantes mis amigos han desaparecido, regresando en seguida: habían ido a abastecerse de los inaplazables alimentos. Les pido que me den algo de lo suyo que en un rato iré yo al restaurante del tren. Gus, sentado a mi lado, me dará parte de su comida. Ahora, desde la ventanilla del tren, sin paranoias, sigo embrujado viendo los vastos y amplios campos norteamericanos, embelesado, fijando detalles, feliz con este fortuito viaje que me ha permitido "tantear" el continente americano...


Aparte de este sueño, antes o después, he soñado por un lado con mi casera, que tenía la intención de echarnos de la vivienda a primeros de septiembre u octubre. Pero hablando por teléfono con ella hemos conseguido que no nos largue a condición de que hagamos una inversión de 300 euros en la vivienda. Condición que acepto inmediatamente, porque ese dinero ya está invertido con los aires acondicionados que instalamos.

Y por otro lado sueño con la representante Isabel Navarro que me encargará la realización de otro videobook.

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