Ramón Irigoyen nos gusta mucho y más que mucho: muchísimo; con su pluma de desenvoltura helénica escribe poemas con fuerza, ternura, ferocidad inconoclasta, profesando incluso la ocurrente blasfemia en algunos versos, humor, exhibicionismo, hermosos dictámenes, surrealismo, juegos de palabras, descarada cotidianidad y una riqueza metafórica fuera de lo común. Su libro Cielos e inviernos, recopilación de poemas escritos entre 1969 y 1983, nos parece libro de cabecera fundamental para excitar la imaginación poética. Por supuesto, el amor surge constantemente en los versos de Ramón, amor, desamor, melancolía, experiencias y cómo no aventuras amatorias. He aquí El jazz de los huéspedes, donde los jadeos sexuales de Marta, a modo de jazz milagroso que emana de la habitación contigua, salvan el gatillazo y se levanta la bandera de la carne.
El jazz de los huéspedes
Nuestro amor se va al Zaire.
Acelera su fuga mi precaria salud.
Dormimos abrazados
y, aunque a ratos me empalmo,
mi golondrina baila con poca convicción.
Envuelve el dormitorio
esa neblina turbia
del tabaco con sabor a alcanfor.
Pero este amor ya póstumo
aún tendrá dos noches
de auténtico esplendor.
En el cuarto de al lado Marta y Juan
jadean y jadean, que es una bendición.
Con música tan viva
hasta de la agonía
me recupero yo.
Te beso con deseo
y la salud de nuevo endereza el amor.
Y llueven las caricias,
bailamos como negros
y el jazz de Marta me anima a amarte aún.
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