24 marzo 2012




Sueño (3) publicado en Un laboratorio indecente el 20/04/2011


(3) Una de gángsters

fragmento de la obra Crisálida de hombre durmiente II, de la pintora Eva Román, retrato del autor - haz click sobre la imagen para ver el cuadro
Aunque el sueño empieza antes, con mucha acción, mucho movimiento, distintos escenarios, no recuerdo la parte inicial, una nebulosa devorada por el olvido nada más levantarme. Empiezo por tanto a narrar desde que la memoria inminente ha salvado la película.

Subo solo por el ascensor al cuarto piso (de nuevo el piso de Alcorcón). Todo el edificio está desierto. Cuando llego al cuarto piso, por unos guardias con casco e hiperprotegidos me entero de que hay una fuerte radiación en el inmueble, sin embargo en el cuarto piso, esa radiación aún no es letal (sí a partir del quinto piso). Con lo que las fuerzas del orden público, sorprendentemente me dejan pasar "bajo mi responsabilidad" y así entro en el cuarto B. La puerta entornada, sin cerrojo. Dentro del piso está todo removido, envuelto en cajas. Hay una guardiana, la que se ha encargado de embalar todo y tirar cosas a la basura. La guardiana, de mediana edad, zafia pero eficaz, forma parte de los malos, de una banda del mundo del hampa. Empiezo a abrir cajas y a buscar. De repente somos una gran multitud dentro del piso, abriendo cajas y cajas, cajas en armarios, dentro de muebles, apiladas en la cocina, en el salón, cajas por todas partes, que vamos abriendo, descubriendo el contenido, hojas, papeles, recuerdos, todo mi pasado disperso en miles y miles de documentos, folios. Yo soy el que busca con más encono, con rabia. Al final, entre todo el caos, ya sólo me importa encontrar dos manuscritos (de los que no hay copia y de perderlos, de no encontrarlos, estarían perdidos para siempre, irrecuperables). De las dos obras manuscritas, una es mía, una novela, la otra es de mi amigo Javier Fernández Aracama. La furia, la impotencia, la desesperación tras abrir cajas, cajas, cajas, encontrando todo tipo de recuerdos, algunos juegos infantiles, papelitos, anotaciones, dibujitos, etcétera, me lleva (creo) a hostiar a la guardiana, pero no suelta prenda, no me dice qué ha hecho con los manuscritos.

Mucha gente ayudándome a buscar. Aparece mi padre mostrándome lo que ha encontrado en otra caja. Qué pesadilla de cajas, cuántas, cajas y cajas, apiladas a distintas alturas, hasta el techo algunos de estos apilamientos, y más cajas, en cualquier rincón, en todos los armarios, en todas las oquedades, solo quedan pasillitos para pasar entre las cajas. Empiezo a pensar que esta hija de puta se ha deshecho de los manuscritos, que ya no están aquí, que los habrá quemado o tirado a la basura. Pero no puedo resignarme a no recuperarlos. Es cuando me propone, la muy zorra y muy ladina, un acertijo para encontrar lo que busco, una especie de enigma imposible, a ver cómo. Me dice que tengo que buscar subido a una bicicleta y llevando no sé qué objeto en la mano. Sólo así encontraré los codiciados manuscritos. No suelta ni media prenda más, aunque la torturáramos. Salgo de este escenario, no recuerdo con exactitud, pero creo que me veo recorriendo calles un segundo en bicicleta. Debe haber más persecuciones, más movimiento...

Vuelvo a estar en el mismo piso. Pero esta vez no hay ni rastro de las cajas, ni de la kafkiana guardiana. Varios gángsters me tienen secuestrado, nos tienen secuestrados, a mí y a los que parecen ser mis seguidores (unos cinco o seis o siete u ocho...), la mayoría chicas, que no recuerdo conocer, pero ellas sí me conocen y a juzgar por su cariñoso afecto, deben ser amigas, amantes, cómplices, ¿fans?, que no reconozco. Los gángsters de película, trajeados, algunos con el clásico sombrero, años 20, años 30, luces de fléxores por los espacios y rincones (aunque también parece haber mucha luz ambiental). Curiosamente, aunque secuestrados, sin poder salir, podemos movernos, no estamos atados. Gángsters armados, aunque no se ven la armas. Sin que en ese momento se fijen en mí los secuestradores, descubro, semi arrastrándome, en el último cajón de un escritorio unos cuantos billetes, entre los que hay uno de 100 euros. Agarro un puñado y me lo guardo en la rabadilla, detrás de los calzoncillos largos azules. Luego agarraré el resto y lo guardaré en el mismo sitio. Me meten en un amplio ascensor, dos o tres matones alrededor. Deciden esposarme una mano a una barra horizontal para sujetarse del ascensor. Temo que me vean los billetes que he robado, que asoman por fuera del calzoncillo. Cada dos por tres, mientras sigue la acción, estaré recolocándome el dinero para que no se caiga y no descubran mi hurto. Los calzoncillos largos están flojos de la cintura, de ahí la continua precaución. Esposan a otra chica a mi lado, una de mis seguidoras, que empieza a chillar como una histérica, creo que tiene pánico a bajar en un ascensor o algo así. Uno de los matones, en tono frío, pero terriblemente amenazador le dice: "¿Por qué no te calmas?". La chica se calla al instante. Nos llevan no sé dónde, por aquí, por allá, creo que en algunos momentos nos hemos liberado, pero no. Sí recuerdo el constantemente vigilar los billetes que pujan por asomarse, caer hacia afuera, o escurrirse por dentro del calzoncillo y caer igual y delatarme peligrosamente. Es curioso, pero de cintura para abajo sólo llevo estos calzoncillos.

Y volvemos al mismo piso con los rufianes, que parece que han escapado de una reyerta. Ahora saco los billetes, convertidos ahora en algo parecido a vales. El jefe de la banda, ve los billetes que le muestro y aunque ni pestañea veo cómo está cabreadísimo. Mira a sus esbirros, como inquisidor, no despega los labios pero parece oírse perfectamente: "¿Quién ha sido el inútil que ha permitido que nos roben de una manera tan tonta?". Sin ser señalado por ninguno de los esbirros congregados en un largo sofá, toda la atención recae en el matón principal, la mano derecha del mafioso, que se comprime culpable al ser descubierto en una torpeza que desconocía. Todos saben ahora que sus últimos momentos están contados. Suenan varios disparos. El gángster mano derecha está en el volante de un coche y cae hacia adelante abatido por los disparos. Asunto arreglado, ha pagado la imprudencia de no esconder bien los billetes. Pero no, resulta que ahora estoy a su lado. No le han dado, ha fingido su muerte. Arranca el coche, con su típico sombrero de gángster casi tapándole los ojos y se dirige hacia el edificio donde está la ratonera de la banda criminal. Yendo con el coche despacio, muy despacio, cuando está debajo de las ventanas del piso de la banda, casi sin mirar, sacando la mano por la ventanilla, coche negro típico de película de gángsters, dispara tres veces hacia la ventana donde se supone que su jefe (ex-jefe) está asomado. No se ve si le da. Aunque yo no voy en el coche con el asesino, le pregunto si le ha dado y me responde que cree que sí, pero que va a volver a intentarlo. Efectivamente, como si fuera una noria, va dando vueltas con el coche, despacio, alrededor de la manzana, que apenas es de sólo un edificio, el edificio en cuestión, y en el mismo punto va repitiendo los disparos. Parece que le matan, tras sonar múltiples disparos. Pero no se sabe, sencillamente desaparece de la acción del sueño.

Ahora, abajo, vamos a montar en un flamante coche negro, prefecto reflejo de la época de esplendor del mundo de los gángsters a lo Dashiell Hammett. El jefazo ahora parece ser mi amigo, o al menos pretende manifestar que ya no estoy en régimen de secuestro o vigilancia. Me sonríe, alto, moreno, seguro, peligroso (pero no ya peligroso conmigo). En el coche, junto a dos o tres de sus sicarios, suben también mis chicas, las que me acompañan, dos o tres, contentas y sonriendo. Sigo sin re-conocerlas, pero ellas me quieren, desde hace tiempo, me son fieles, han pasado muchas cosas conmigo desde hace mucho. Como si siempre hubieran estado a mi lado.

El libro de los sueños del autor José Martín Molina
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