09 junio 2012




ORTEM: Una novela sobre el Metro de Madrid del escritor José Martín Molina
La novela Ortem, una historia sobre el Metro de Madrid ya se encuentra disponible, tanto en formato libro como en formato eBook.

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Sobre la novela

Una novela de José Martín Molina sobre el Metro de Madrid. Toda una aventura “interior” dedicada al viajero anónimo que día tras día recorre los kilómetros de la ciudad en negativo, la ciudad enterrada. Ese héroe cotidiano e ignorado, rostro sin nombre, que a través de la voz del protagonista de la historia, nos revela lo que piensa, lo que siente, lo que anhela, lo que odia, lo que respira en un espacio maquinal y funcional, mecanizado y transitorio.

Los capítulos se suceden en una secuencia imparable, de frenético y ágil ritmo, con un lenguaje muy cercano, donde las palabras se hilvanan y multplican en dispares direcciones, con sorprendentes giros y reencuentros. Sin que falte un ladino, agudo y sórdido sentido del humor, plagado de ricas y sugestivas descripciones muy logradas.

El juego consiste en sobrevivir a la rutina, al desatino, a la esclavitud diaria, a la absurda maquinaria irracional y colectiva. Encontrar el camino que nos rescate de la alienación y la íntima anulación. Nuestro protagonista quizá nos ofrezca una solución: ver hacia fuera. Y no pronunciar nunca la palabra prohibida. Nunca.


Trailer Book de la novela Ortem:



Te ofrecemos el primer capítulo gratis:
ORTEM
Una novela sobre el Metro de Madrid
escrita por José Martín Molina



Tramo 1
(1er capítulo)


     Y todavía hay sitios donde se produce una especie de involución de la existencia. Un paréntesis revelado en negativo. Lugares donde no hay nada que haga la fotosíntesis.

     ¿Quizá la pesadilla de un futuro planeta radioactivo, inviable, intransitable?

     Lugares que son la choza, la trastienda de las ciudades. Los sótanos.

     Esos sótanos socavados por la mugre, enterrados en una sima viscosa. Ennegrecida.

     Pero todo es como al revés, todo al revés de lo que sería revelado en positivo. Un mundo minimundo-enorme gigantesco. Una homotecia en pequeño del mundo, del otro mundo paralelo, donde brilla el sol, bajo las nubes, sobre la tierra. Pero aquí el sol se lo ha tragado un boquete, miles de boquetes, los intestinos de la serpiente mecánica. Nuestro agujero negro, aquí, en la metrópoli.

     Un túnel, una mera oscura transacción temporal entre un “estar bajo el sol” y otro “estar bajo el sol”. Un largo periodo de adormecimiento oscuro y colectivo, donde no oirás un maldito grillo.

     Oirás las ruedas, los chirridos, la maquinaria gastada de la civilización.

     Y sin embargo hay vida, ahí, debajo, bulle algo, las piernas se mueven siguiendo líneas invisibles. Hay gente, chusma, niños, resoplidos, sudores, trabajadores, enanos, retrasados mentales, la más variada fauna terrícola, en la que me incluyo. Yo estoy aquí, ahora, soy otro más en la interminable cadena de destinos bajo-tierra.

     Podría decirse que nada distingue la vida bajo el sol de la vida en la cueva, la cloaca. Somos ratas siguiendo los túneles.

     Y las ratas también se emborrachan así como lo hacen en la calle, así en el cielo como bajo tierra, y ahí los ves a ese par de solemnes borrachuzos, que se tambalean, se apoyan y se empujan mutuamente. Y entran y discuten. Farfullan. Se pelean, como siempre, la lengua gorda y torpe, entumecida, siempre discutiendo sobre quién la tiene más grande, quién es más inteligente, quién bebe más antes de caerse inconsciente de culo al suelo...

     Pero no, si escuchas bien, no: discuten por otra cosa, su fanfarronería etílica les lleva a discutir sobre ¡quién tiene más años! ¡Vaya discusión! Uno en estos casos se saca el DNI y no hay más discusión, muy fácil saber quién ha nacido antes. Pero no. Uno afirma tener ciento cincuenta años. Yo le miro y a juzgar por los dientes que le faltan, sí podría tener doscientos años.

     El otro no se queda corto, casi le escupe al colega a la cara con la siguiente aseveración: dice que: cuando cogieron al Cristo ése y lo crucificaron y le metieron unos clavos así de gordos en las manos y las patas y la Virgen lloraba como una niñata, pues que él, tan campante, ya tenía setenta y dos años. Y el otro dando un traspiés arremete: él ha vivido más vidas, muchas vidas, muchísimas más vidas que el otro, más vidas que en tu puta vida. ‹‹Yo me he reencarnado millones, trillones de veces, so cabrón, he sido chino, malayo, singapurés, gorila, caniche, malabarista, pintor de retratos, caballero andante y chincheta, en tu puta vida has vivido tanto como yo.›› Y dice esto hipando, alzando el dedo índice casi a la altura del globo ocular del otro, la nariz rebosante como una alcachofa.

     ¡Te diré! Ahora discuten sobre la reencarnación y la saliva les cuelga que da grima. Se supone que uno de ellos ha sido todos los animales. Y se lo pasó en grande cuando fue una hiena. Y las pasó putas cuando le tocó convertirse en ladilla. Aquello sucedió por el siglo XIII, cuando los mendas iban con armaduras y todo eso. El caso es que de tanto rascarse la víctima en que estaba alojado, le arrancó todas las patas y ya casi ni se podía sujetar al vello, con lo que siempre estaba temeroso de caerse al suelo y con la caída romperse la cabeza... Eso dice...

     ¡Imagínate a una ladilla rompiéndose la crisma! ¡Menudo par de fantasmas! ¿Se creerán lo que están diciendo? Dicen por ahí que los alcohólicos acaban por no distinguir entre realidad y ficción. De tanto vacilar acaban creyéndose sus propios cuentos a pies juntillas.

     Son tan fanfarrones como piratas, beben hasta reventar como en las orgías de los piratas, tienen la ropa sucia y destartalada como los piratas tras luchar con tiburones o con almirantes de la Armada española, rebuznan como piratas, eructan como piratas, tan zafios como piratas, se bambolean y zozobran como piratas en un navío machacado por una tormenta terrorífica en alta mar. Piratas modernos sobre raíles, eso son. Bucaneros, filibusteros de dientes roídos y aliento de ron.

     La palmarán con la marea alta, la bandera a media asta.

     Aquí ya, sin darse cuenta están generando una cierta ternura condescendiente en el auditorio que en suerte les ha tocado. Las exageraciones y excentricidades que barbotean tienen un tinte cómico. O quizá patético. Dejémoslo en patético-cómico. Hasta ese calvo obeso y con gafas ha dejado su lectura para pisparse del diálogo de los dos curdas. Se sonríe. Miro la pasta del libro que ha abandonado sobre sus piernas... ¡Un libro de Hermann Hesse! Creo que Siddharta. Pero qué horror. ¿Todavía se leen esas tonterías?

     Hermann Hesse es como un budista disfrazado de teutón, un pusilánime, un adolescente de cartón. Recuerdo cuando leí El lobo estepario. Era casi un crío: me encantó, me llegó muy hondo, aunque me dio la impresión de ser un poco vago, difuso, la sensación de que había trampa. Hesse sólo engaña a los púberes. Luego crecí y lo leí más adelante: no llevaba ni veinte páginas y ¿sabes lo que hice? Tiré el libro a la basura. Me cansé del tipo que está eternamente buscándose a sí mismo. ¡Qué esterilidad de existencia! De joven es necesario, ¿pero de adulto? ¿Tan adulto como el calvo-gordo-con-gafas (o sea, el prototipo tópico-típico –posmoderno– de la masculinidad) que lo está leyendo?

     Y ahora que me fijo, puede que no sea tan extraño, porque el lector de Hermann tiene un aire sonrosadete, posee una cuarentena juvenil, digamos. Me explico: que parece un peter pan pero en grueso y envejecido, atiborrado de mortadela. Quizá es igual de espíritu a como representa su aspecto, entonces sí que le pega leer esas mamarrachadas para memos infantiloides.

     Oye, a lo mejor es lingüista y hasta está preparando una tesis sobre el Gran Teutón Amarillento, el Gran Hermann “Heces”. Hasta es muy posible que su tesis empiece con esta frase: ‹‹Hermann Hesse descubrió la eterna juventud, Hermann Hesse es la crema anti-arrugas de la literatura moderna››... No sé, me imagino. Pienso, colijo, digo yo.

     Y volviendo al público pendiente del diálogo etílico de más de 35 grados de los dos botijos con patas. Cómo no, no podía faltar, ahí está la señora escandalizable. La que agarra el bolso con las dos manos, la que le traquetea la cabeza como si fuera un pajarraco taxidermizado. Se siente molesta por los apestados, los tirados, los borrachos, los que han vivido tantas vidas (todas empinando el codo, claro).

     Miro a la señora detenidamente y su temor senil me infunden malicias varias. Sí, me entran unas implacables ganas de saltar de pronto hacia ella. Estoy seguro que del susto le daría una infarto fulminante y se quedaría frita como un pajarito aplastado en una cuneta, en el asfalto. Ja, así dejaría de preocuparse porque le roben su asqueroso bolso.

     Y es que sus brazos parecen tenazas por la manera en que atesora el bolso, compadre. ¿Qué coño guardará ahí que sea tan valioso? ¿Alhajas? ¿Probetas-ensayo de niños prodigio? ¿Dinerito contante y sonante como para comprarte cincuenta yates de una atacada?

     A que no, a que guarda cuatro mierdas sin importancia. ¡A que le quito el bolso, pegó el tirón y le arranco los brazos y miro el contenido del bolso y luego me limpio el culo con él? Mira, que me lo estoy pensando muy seriamente, que ya se me ha metido la curiosidad en el espinazo con la señora espantable y su misterioso accesorio. Bah, lo de siempre, no hay huevos. No lo harás, no lo vas a hacer. Si hiciese todas las salvajadas que se me pasan por detrás de la frente... Que no, que no, a otra cosa mariposa. Piensa, intenta pensar, pensar en otra cosa...

     Y ahora un borracho, uno de ellos, el más enclenque y mindundis, interrumpe su exhortación y comienza a vomitar. Lo que faltaba. Por suerte hay alguien delante de mí y no llega a salpicarme la basca. A mí, no, pero al de adelante le pone perdidos los bajos del pantalón y los zapatos. No le ha dado ni tiempo a retirarse.

     El beodo no ha avisado, que hubiera sido un gran detalle por su parte. Sin más se ha agachado y ha abierto el grifo de su garganta, echando un líquido pegajoso, rezumante, con burbujas y todo. Parece el puré de un bebé de otro planeta.

     El pobre desgraciado que ha sido rociado, un pimpollo elegante, trajeado y con aspecto de jefe de ventas de maletas gigantes, se mira el repugnante vómito que embadurna su elegancia trajeada. Sus zapatos brillantes ahora parecen un trozo de mierda seca. Se rasca, tose, se pone nervioso, no sabe cómo reaccionar. Al principio tiene un amago de empujar violentamente al borrachuzo y arremeter con él a golpes, pero se corta en seco, se reprime, esboza una mueca de resignación, de compasión, de desdicha y de ajggg, qué asco.

     Siempre es igual, un borracho sólo te despierta dos sentimientos: ternura y asco. La señora remilgada... Patorras que le cuelgan, traquetea su cabeza. Se refleja en la ventana de en frente, en la sombra, su bolso agarrado vuela con la velocidad. Así nuestros reflejos. Da la sensación de que la velocidad se nos lleva para no volver a ser iguales nunca, nunca.

     Fugaces, somos sombras fugaces, aquí.

     Los borrachos se apean, ajajá, siempre coincide, los borrachos, todos los bebedores profesionales, se bajan en Sol. Y es que Sol es el centro del gentío, el kilómetro cero de donde parten todas las muchedumbres, de aquí a Pekín. Saldrán del agujero negro los beodos éstos. Rebotarán con la gente. Ping, Pang. Por las calles. Ping, Pang. Aquí ya han dejado su huella, su lastre, su viscoso testimonio esparcido por el suelo. Una espantosa plasta que parece puré podrido de horchata.

     Y de nuevo, como por arte de magia, ya les veo en la taberna, o con un tetra-brick de vino en cualquier plaza, siempre tendrán que llevarse algo líquido y con grados al rebosante gaznate. Tienen ya las gargantas tan resistentes como el cristal. Son las esponjas de las vendimias. Son tinajas repletas y en plena fermentación de alcoholes, éstos dos, los que se acaban de bajar.

     El puré se ha quedado aislado, ahí en el suelo, como una planta nocturna e intocable, todos nos hemos alejado para respirar lo menos posible su inmunda pestilencia.
primer capítulo de la novela “Ortem. Una novela sobre el Metro de Madrid”.


Ortem: Una novela del escritor José Martín Molina que trata sobre el Metro de Madrid

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