08 agosto 2012




Noche del infierno, poema de Arthur Rimbaud de Una temporada en el infierno
Arthur Rimbaud (1854-1891)
> ver biografía de Arthur Rimbaud
> ver más contenidos y poemas de Arthur Rimbaud




Noche del Infierno
[poema perteneciente al libro de Arthur Rimbaud Una temporada en el infierno, de 1873]
[traducción de Ramón Buenaventura]



    Me ha tragado una buena buchada de veneno. — ¡Bendito sea tres veces el consejo que me llegó! — Las entrañas me arden. La violencia del veneno me retuerce los nervios, me hace deforme, me arroja al suelo. Me muero de sed, me ahogo, no puedo gritar. ¡Es el infierno, la pena eterna! ¡Ved cómo se reavivan las llamas! ¡Ardo como es debido! ¡Venga, demonio!
    Había entrevisto la conversión al bien y a la felicidad, la salvación. Podía describir la visión, ¡pero el aire del infierno no soporta los himnos! Eran millones de criaturas encantadoras, un suave concierto espiritual, la fuerza y la paz, las nobles acciones, ¿qué sé yo?
    ¡Las nobles ambiciones!
    ¡Y sigue siendo vida! — ¡Si la condenación es eterna! Todo hombre que desee mutilarse está ya condenado, ¿verdad? Me creo en el infierno, luego estoy en el infierno. Es el cumplimiento del catecismo. Soy esclavo de mi bautizo. Padres, habéis hecho mi desgracia y la vuestra. ¡Pobre inocente! — El infierno no puede atacar a los paganos. — ¡Sigue siendo vida! Más tarde, las delicias de la condenación serán más profundas. Un crimen, de prisa, para caer en la nada, por la ley de los hombres.
    ¡Calla, calla de una vez!… Éste es lugar de vergüenza, de reproche: Satán diciendo que el fuego es innoble, que mi cólera es espantosamente tonta. — ¡Basta!… Errores que alguien me sopla, magia, perfumes falsos, músicas pueriles. — Y decir que poseo la verdad, que veo la justicia: tengo un discernimiento sano y firme, estoy listo para la perfección… Orgullo. — Se me reseca la piel de la cabeza. ¡Piedad! Señor, tengo miedo. Tengo sed, ¡tanta sed! ¡Ah! La niñez, la hierba, la lluvia, el lago sobre las piedras, el claro de luna cuando el campanario daba las doce… El diablo está en el campanario, a tal hora. ¡María! ¡Virgen Santa!… — Horror de mi estupidez.
    ¿No son aquéllas almas buenas que me desean el bien?… Venid. Tengo una almohada tapándome la boca, no me oyen, son fantasmas. Por otra parte, nadie piensa nunca en los demás. Que nadie se acerque. Huelo a chamusquina, eso es seguro.
    Las alucinaciones son innumerables. Es eso lo que siempre he tenido: no ya fe en la historia, el olvido de los principios. Me lo callaré: poetas y visionarios se pondrían celosos. Soy mil veces el más rico, seamos avaros como el mar.
    ¡Qué cosas! El reloj de la vida se acaba de parar. Ya no estoy en el mundo. — La tecnología es seria, el infierno está ciertamente abajo — y el cielo arriba. — Éxtasis, pesadilla, dormir en un nido de llamas.
    Cuánta maldad de observación hay en el campo… Satán, Ferdinando, corre con las semillas silvestres… Jesús anda sobre las zarzas de purpurina, sin inclinarlas… Jesús andaba sobre las aguas. La linterna nos los mostró de pie, blanco y con trenzas oscuras, flanqueado por una ola esmeralda…
    Voy a desvelar todos los misterios: misterios religiosos o naturales, muerte, nacimiento, porvenir, pasado, cosmogonía, nada. Soy maestro en fantasmagorías.
    ¡Escuchad!…
    ¡Tengo todos los talentos! — No hay nadie aquí, y hay alguien: no querría divulgar mi tesoro. ¿Alguien desea cánticos negros, danzas de huríes? ¿Alguien desea que desaparezca, que me zambulla en busca del anillo? ¿Alguien lo desea? Haré, con el oro, remedios.
    Confiad, pues, en mí: la fe conforta, guía, cura. Venid todos, —hasta los niños, —que yo os consuele, que os divulguemos su corazón, — ¡el corazón maravilloso! ¡Pobres hombres, trabajadores! No pido oraciones; con vuestra confianza solamente me contentaré.
    — Y pensemos en mí. Todo esto me hace añorar poco el mundo. Tengo la suerte de no sufrir más. Mi vida no fue más que locuras suaves, qué lamentable.
    ¡Bah! Hagamos todas las muecas concebibles.
    Decididamente, estamos fuera del mundo. Ningún sonido ya. Me ha desaparecido el tacto. ¡Ah! Mi castillo, mi Sajonia, mi bosque de sauces. Las tardes, las mañanas, las noches, los días… ¡Qué cansado estoy!
    Debería tener mi infierno por la cólera, mi infierno por el orgullo, — y el infierno de la caricia; un concierto de infiernos.
    Me muero de cansancio. Es la tumba, voy hacia los gusanos, ¡horror de los horrores! Satán, farsante, quieres disolverme en tus encantos. ¡Exijo! ¡Exijo un golpe con la horquilla, una gota de fuego!
    ¡Ah! ¡Ascender de nuevo a la vida! Poner los ojos en nuestras deformidades. Y este veneno, ¡este beso mil veces maldito! ¡Mi debilidad, lo cruel de este mundo! ¡Dios mío, piedad, escondedme, me comporto demasiado mal! — Estoy escondido y no lo estoy.
    Es el fuego quien se reanima con su condenado.




Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com . Se agradece la visita!
Related Posts with Thumbnails

2 comentarios :

  1. Gracias por compartir obra tan exquisita...

    Saludos azules...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí que es exquisita. Y no deja de ser curioso como ciertos "malditismos" se convierten en obras absolutamente clásicas.

      Saludos naranjas...

      Eliminar