28 febrero 2013




Sueño (208) perteneciente a la saga Sueños (Tomo II) de José Martín Molina


(208) Impertinencias

Una obra de Jackson Pollock
Estando con mi madre, probablemente en su casa, me entero de que mi hermana le ha contado a su novio actual (con el que apenas lleva saliendo un mes) todo el tema de mis ansiedades. No me hace ninguna gracia el que se vayan revelando mis intimidades, para rellenar momentos vacíos de relajo sexual; y mucho menos si es a extraños fútiles y eventuales que aún no pueden ser considerados como miembros de la familia. Me cabrean sobremanera, además, los injustos comentarios que ha proferido dicho cretino sobre mi estado, al que no da ningún crédito, como si se tratase de un camelo, algo que me he inventado yo para llamar la atención. ¡Valiente memo que se permite opinar sin tener ni pajolera idea! Furioso, llamo por teléfono a mi hermana. No hay quien se entienda con este medio de comunicación, así que les cito en un lugar público.

En una indefinida cafetería, sentados ante una mesa, comienzo a explicar, con bastante claridad para que me entiendan de una vez por todas, lo que me sucede. ¿Alguna vez os ha ocurrido que en vuestro interior todo se tambalea y un peso enorme e inhumano os aplasta (y tal y cual), mientras que los que os rodean no perciben desde fuera absolutamente nada del desasosiego interior?, -pregunto-. Mi hermana recuerda vagamente que una vez le aconteció algo similar, mas los que estaban presentes en aquel entonces notaron en seguida su situación. Es ahí, precisamente, donde radica la dificultad de mi caso: que mis zozobras internas permanecen completamente invisibles para los demás. Por mucho que me exprese con total diafanidad, no tardo en comprobar, al oír las sandeces y patochadas que me sueltan mis acompañantes (especialmente el imbécil del pretendiente de mi hermana), que no están haciendo ni el más mínimo esfuerzo por entenderme. Ni lo van a hacer. Prefieren inventarse las cosas a su modo, antes que saber la verdad. Con despecho y encono, corto la conversación e indico que es mejor escribir en un diario que tratar con la tozudez y la estulticia de los demás. Hablar para necios. Estoy solo en esto, sí.

Lo peor es el apunte repentino que hace Eva, desvelando lo que secreta e insistentemente piensa desde hace mucho. Expresa, tímida pero contumaz, que tengo que cambiar de psicólogo. Casi como en una cortante amenaza le digo que no vuelva a mencionarme semejante tontería, entre otras cosas porque el cambio conllevaría perder al menos dos años, hasta que un nuevo profesional fuese conociéndome lo suficiente para poder ayudarme. En fin, me revienta tanta cerrazón humana...

Al rato me dirijo a una sesión con otro psicólogo. O sea, que según el sueño y ante mi asombro, quincenalmente asisto a dos terapeutas distintos, por un lado Estrella, por otro este singular individuo que me recibe ahora con bastante displicencia. Un personaje desaliñado, ufano, entrado en años, gordo y con barba desorganizada. En su consulta, amplia, de temperatura algo fría, y semi ambientada como un salón de postín (muchas lámparas, quizá una biblioteca), el tipo se sienta ante una mesa redonda de madera clara a varios metros de distancia de mi ubicación. Parece ausente, parece no prestarme ninguna atención. El espacio empieza a llenarse de gente, de niños y de otras actividades variopintas que obstaculizan más mi entendimiento con este señor, que cada vez me ignora con mayor obviedad. Pierdo la paciencia, me levanto con la excusa de ir al baño, pero con la convicción de largarme de allí para no volver jamás.

Ya en las salas y pasillos de la recepción pregunto a todos los asistentes (varios pacientes en espera de ser atendidos, con cierta abundancia de madres con sus hijos pequeños, y también empleados de esta difusa clínica privada) si tiene alguien cambio de cincuenta euros, ya que mi sentido de la decencia me impide irme sin pagar por lo menos la mitad de la sesión. Pretendo, por añadidura, tirarle prácticamente el dinero a la cara al irritante especialista y escupirle mi rabia y mi decisión que no aparecer más por aquí. Pero nadie tendrá cambio, ni siquiera la secretaria, que es majísima, un encanto. Ella me hará saber que la actitud distante del colegiado se debe a que hoy está dedicando el día a reflexionar y dar conferencias sobre el mundo de los porros. De ahí su aire distraído, enajenado, alejado, atontado; presuntamente drogado. Como me niego a abonar la totalidad por tan pésimo trato, me decanto por evaporarme sin apoquinar ni un céntimo. Y eso es lo que hago, sin que nadie me detenga. En realidad, nadie se preocupa de que yo pague o deje de hacerlo. Me ignoran de manera olímpica.


El libro de los sueños del autor José Martín Molina
Narración perteneciente a la saga de relatos "Sueños" (Tomo II) del escritor José Martín Molina. Ahora disponible el primer tomo, tanto en formato libro como en formato eBook.

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