06 febrero 2013




Sueño (201) perteneciente a la saga Sueños (Tomo II) de José Martín Molina


(201) La papitis de Amador y una violación silenciosa

Vivienda en una corrala reformada
Vivimos en el antiguo piso de Alcorcón. Mi hijito Amador de tres años no se separa ni un momento de mí. Entro en lo que fue la habitación de mi hermana a leer un libro o a comerme un bocata o una pieza de fruta y mi vástago viene pegado a mí, inseparable. Lo cojo en brazos, le doy mimitos. Llega su profesor, un joven amable e inofensivo. Los compañeros de Amador -unos 15- ya están preparados y formando fila en el pasillo (todos, incluído el tutor y demás personas, estamos alojados en la misma vivienda). Van a dar un pequeño paseo por la ciudad y están aguardando la incorporación de mi chaval. El docente y quizá una niña se acercan a por mi chiquitín, que no está dispuesto a sumarse a la excursión si no voy yo. Con paciencia y sin acritud, el profe hace hincapié en la exagerada papitis de Amador. Finalmente conseguimos que mi hijo se avenga a la caminata por la ciudad, pero con una condición: que en un rato me acople yo. Acepto gustoso y los muchachos salen.

La siguiente escena tiene lugar en el salón del piso de Alcorcón, donde converso con mi madre de esto y aquello. Filosofamos acerca de la vida y otras cuestiones. A gusto. Puede que yo esté bebiendo algo, quizá un cubata de whisky, en mis circulares desplazamientos por la sala. Hasta que de golpe recuerdo que tenía que ir a recoger a Amador. Me he despistado y atrasado un poco, pero aún he de llegar a tiempo. Justo cuando voy a salir del hogar aparece la madre de nuestro pequeño, que curiosamente y por primera vez no será mi pareja Eva, sino otra mujer distinta. Rubia, alta, casi diría distinguida. Juntos partiremos a la busca de nuestro retoño.

Atravesamos la puerta de la calle y el descansillo se ha transformado en el atrio de una corrala. Se trata de la corrala donde viví con anterioridad pero con sustanciales cambios. Han arreglado las fachadas, el espacio interior del patio ha sido agrandado tres veces más, se han instalado múltiples refuerzos de lo más variopinto para evitar el presunto desmoronamiento de la vieja estructura, que amenazaba con venirse abajo a la mínima. Realmente es un espacio nuevo, luminoso, multitudinario (vecinos afanados y alegría por doquier), amplio, oxigenado. Lo contemplamos embobados y señalando detalles que vamos percibiendo, mi madre y yo. El día es estupendo, una mañana de mediodía exultante.

Después nos hallamos, mi pareja y yo, en el centro de una gran plaza muy transitada y con cierto aire cosmopolita por un lado, como zona intercambiadora de líneas de autobuses interurbanos, y antigua, ornada con edificios clásicos de piedra, por otro lado (una especie de Plaza Mayor). Estoy maravillado de habernos trasladado a esta ciudad, con la agitación bullente de una gran urbe y la tranquilidad provinciana de una localidad atemporal, sin estrés, sin la alienación de las monstruosas ciudades masivas contemporáneas.

Deleitándome en la observación de la extensión, las construcciones de no más de cuatro alturas y el abundante gentío, vislumbro, a unos treinta metros, varada en una parada de bus, la figura rechoncha de mi antiguo vecino Roberto Liébana. Vaya -pienso-, qué prodigio de sitio que hasta uno converge con viejos conocidos. Al cabo él me reconoce y lentamente se acerca a saludarme, a saber de mí. Cuando llega hasta nosotros le dejaré con la palabra en la boca, sin contestarle, porque al doblar una esquina han aparecido Amador y sus compañeros, y mi hijito, loco de felicidad, corre a mi encuentro, gritando en medio de la plaza "¡¡padre, padre!!", acaparando toda la atención de la concurrencia y provocando el mayor de mis orgullos paternos. Salta sobre mí y lo atrapo en un intenso y amoroso abrazo.

Doble violación a una mujer tras las persianas de una oficina
Ahora su madre se desvía un instante para entrar en la oficina donde trabaja, que está vacía a estas horas. Las persianas del negocio están bajadas y no se ve nada desde fuera. Al adentrarse ella las luces están apagadas, apenas una suave penumbra permite distinguir los objetos. De pronto se enciende la luz oblicua de una lámpara y los acontecimientos se precipitan (en este momento, como si de una película se tratase, se percibe la acción como un testigo indirecto, sin participar en el desarrollo). En seguida un extraño, desaliñado, con barba desordenada, con aspecto facineroso y libidinoso, le tapa la boca a la mujer y la arrincona contra la pared. Seguidamente la coloca de espaldas, obligándola, ya semidesnuda, a doblarse en angulo recto y sin más comienza a penetrarla desde atrás. Ella no se revuelve, ni grita, temerosa de las represalias y de que la oigamos los que estamos fuera, en la calle. Permanecerá muda y resignada, aceptando la violación de manera mecánica, sin aspavientos. Otro obsceno individuo, salido de las sombras, acerca su miembro erecto a la boca de ella, que se ve obligada a chupar el pene con sumisión, mientras el primer hombre sigue empujando desde atrás, golpeando rítmicamente sus nalgas de leche, entre que la llama repetidas veces "puta", mascando las letras, "eres una puta", "toma lo tuyo, puta". El tipo que está delante, el de la mamada, ora saca su rabo de la boca de ella y esparce su semen, en una abultada eyaculación, sobre el rostro de ella. La lefa se escurre lentamente por su cara ovalada, cerca de la comisura de los labios. Todo progresa como en una película porno, solo que sin apenas sonido, ya que no hay ni jadeos ni susurros, ni de ellos ni de ella. Y ese silencio hace la escena más brutal y excitante; de hecho yo, que soy espectador ajeno, estoy bien empalmado.

Una vez han terminado su fiesta, los canallescos tipejos apagan la última brasa de un puro en el empeine del pie de la mujer, cerca de los dedos, dejando una redondeada marca rojiza, como si estampasen una marca de fuego en el lomo de una res vacuna. Ahí, por la puerta del local, irrumpe con premura una chica casquivana, ataviada con minifalda de cuero negro y otras ligeras vestimentas propias de una putilla que hace la calle; con una intensa y recortada melena negra, algo bajita y muy pintarrajeada (muy similar, prácticamente idéntica, al personaje de "Discordia", la aviesa y retorcida diosa de la serie de televisión "Hércules y sus viajes legendarios"). Es una cómplice de los violadores que surge para avisarles de que han de esfumarse a toda prisa. La mancillada mujer repara en que la joven furcia también tiene la misma marca ígnea en el empeine (calza sandalias) y le inquiere sobre el asunto. Discordia obvia la pregunta, manifestando un desprecio olímpico y un altivo y bajuno rencor. Y se larga rapidito, detrás de los rufianes que ya han emigrado a la velocidad de la luz.

El sueño se diluye en algunas consideraciones de lo acaecido. No es la primera vez que esta mujer sufre este tipo de vejaciones sexuales. Yo, que soy su pareja, me lo tomo con enconada mansedumbre (ni siquiera me veo arrebatado por una ciega sed de venganza para con los abusadores) pues nada puede hacerse a posteriori y al fin y al cabo ella siempre fue forzada contra su voluntad. Está claro que no podemos hablar tampoco de infidelidad. Sin embargo, mi parsimoniosa frialdad emotiva no sería tal, ni mucho menos, si en vez de esta anónima chica (guapa, rubia, maciza y resuelta), nos estuviésemos refiriendo a mi pareja en la vida real, Eva.


El libro de los sueños del autor José Martín Molina
Narración perteneciente a la saga de relatos "Sueños" (Tomo II) del escritor José Martín Molina. Ahora disponible el primer tomo, tanto en formato libro como en formato eBook.

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