18 febrero 2013




Sueño (203) perteneciente a la saga Sueños (Tomo II) de José Martín Molina


(203) Tren de Metro a la deriva

Tren de Metro atravesando túneles en sentido contrario
En un local a puerta cerrada sigue la fiesta que celebra un grupo de tíos en plan despedida de soltero. Comparto con ellos risas y charletas. Esta vez, más que trabajar de animador durante la cena como hago siempre, me he encargado de traerles paquetes de abastecimiento, seguramente de comida. Ya he coincidido con varios de ellos en otras noches semejantes. A uno lo reconozco claramente, uno moreno y delgado que se ríe mucho, apoyado en la pared debajo de un foco. Al menos le he visto ya un par de veces. Pero me estoy retrasando demasiado, he de partir hacia otra celebración a llevar otro recado, tengo el tiempo justo para llegar, menos de media hora. Antes de emigrar me veo afanado con un enorme tarro abierto, que descansa apoyado sobre una balda, posiblemente de Foie Gras. No sé si dejarlo aquí o si he de acarrearlo conmigo.

Salgo escopetado. Camino del Metro. Me acompañan dos conocidas, de nacionalidad extranjera, probablemente búlgaras, altas y rubias; una, la que menos conozco, es algo gorda y fortachona. A plena luz de mediodía (la noche se ha esfumado de pronto) discutimos si entrar por esta boca de Metro o aquélla. Nos acercamos a la correspondiente a la línea 1. Mas a mí la que me interesa es la de la línea 3, pues me ahorraría los transbordos haciendo un trayecto directo de apenas unas seis estaciones. Cuando casi alcanzamos la abertura de la línea 1, les señalo que yo me doy la media vuelta, que aunque sea sin ellas, tomaré la línea 3. Ante mi ultimátum deciden venirse conmigo. Al instante atravesamos el ancho hall de la entrada del subterráneo, pasando al lado de unas columnas cuadradas y blanquecinas.

El tren recorre los túneles, una estación, otra. Cuando sólo restan tres paradas para llegar a mi destino, el convoy se detiene en el andén y apaga los motores, dejando las puertas abiertas. ¡Lo que faltaba! Encima que voy muy pillado con el tiempo, a ver si ahora va a tratarse de una avería seria y nos tienen aquí un buen rato paralizados. Mis compañeras se apean rápidamente, sin pensárselo dos veces, no están dispuestas a esperar a que se retome el viaje.

No más de dos minutos transcurren y entonces el metro cierra puertas y arranca. ¡Menos mal! -pienso con alivio-. Pero nos espera una sorpresa a todos los viajeros. ¡¡El tren emprende la marcha en sentido contrario!! ¡¡En lugar de avanzar, retrocede!! No tardamos en percatarnos de que, en realidad, estamos siendo conducidos a otro sitio, como si nos recogiésemos a cocheras. Al cabo aparecemos quietos en un paraje fuera de la ciudad, estacionados en un alto montículo lleno de verde vegetación similar al césped. La mañana bien soleada. El tren varado, sin movimiento, en la vía férrea, aislado. Descendiendo entre pequeños embalses encadenados y presas escalonadas a modo de "factorías de agua", se alzan los edificios limítrofes de Madrid. Varios pasajeros, alrededor de una veintena, inician por turnos una apresurada bajada hacia la urbe, sin embargo surgen de la nada policías nacionales que los bloquean, impidiéndoles el descenso. O sea, que estamos aquí atrapados, como si estuviésemos en régimen de cuarentena. Y a saber durante cuánto nos tendrán aquí anclados.

Yo que andaba más calmado de mis angustias y ahora me hallo en esta situación, retenido en medio del campo. Nadie nos informa del por qué de esta singular medida. La mayoría de los presentes salen de los vagones y se sientan en plan picnic en la hierba, a aguardar con paciencia y resignación. Mi menda permance dentro del vehículo, donde me siento más protegido. Incluso me planteo el permanecer dentro aún en el caso de que se alargue el asunto y nos caiga la noche. Así me tranquilizo.

Resuelvo llamar a Carlos de Absolute Fiestas, para informar de mi extravío y de mi presumible imposibilidad de asistir a tiempo a la tarea encomendada. Al otro lado del teléfono me responde una secretaria de centralita. ¿Quién es?, ¿qué deseaba? -inquiere con tono monótono-. Directamente pregunto por Lorenzo. No, Lorenzo no, mejor Carlos -rectifico-. Sir Charles se pone al aparato. Sin rodeos le explico la circunstancia que me tiene inmovilizado de forma tan inverosímil. Que no llegaré, que envíe a otro para que me sustituya. (Previamente a contactarle ya medité sobre el tema de mis honorarios: la primera parte la he cumplido, por lo tanto debería de cobrarla, pese a que no me presente a la segunda parte de mi cometido...). Carlos, sin alterarse, me consulta que dónde estoy. Entorno los ojos para enfocar en la distancia el borde de las afueras de la ciudad (parecido al cinturón de la M-30). En el rótulo de la esquina de un edificio leo "calle de Lope" y no consigo interpretar el resto. ¿Quizá sea "Lope de Vega"?

De improviso intuyo que el tren va a moverse, por lo tanto me desdigo y le notifico a Sir Charles que voy en camino. Eva brota a mi vera de repente. Se niega a esperar, determina escabullirse y superar el cordón de vigilancia policial. Yo tengo mis dudas de que lo consiga. Ella se muestra muy segura de lograrlo (imagino que se servirá de un truco que empleó para introducirse de la compañía de teatro de Miguel Narros). Y sin más, se esfuma.

Me alacanza el rumor de que aún habremos de mantenernos acá por el espacio de unas seis horas. Esto me agobia bastante. Yo que pensaba que sería ya sólo cuestión de unos pocos minutos... Procuro relajarme. Y entonces... ¡sí! El tren de Metro se despereza, enciende maquinaria, paulatinamente reinicia el traslado. Y Eva que acaba de largarse. A lo mejor aún está a tiempo de regresar... No habrá señales de ella, se ha volatilizado.

Nuestra accidentada expedición ha retomado el recorrido. Vuela el tren por los largos túneles. Como si ningún percance hubiera sucedido se para en la siguiente estación. No obstante debe haber un error, porque nos hallamos en el andén anterior, ¡con lo que nos desplazamos en sentido contrario! Cabe la posibilidad de que se subsane inmediatamente este fallo. Es difícil asegurarlo, después del historial de extraños comportamientos que, desde el principio, vienen desarrollándose en este sencillo itinetario de seis estaciones. Acto seguido el tren de Metro, como si fuese un tranvía, circula entre el tráfico, entre los coches, fuera de las galerías subterráneas, y para más inri, ¡sin raíles!

De nuevo el manto de la noche cubre el cielo. El apelotonamiento de automóviles hace que el paso del tren sea bien lento. Aprovecho la detención ante un semáforo en rojo para bajar del vagón sin vacilación y emprender la búsqueda de un taxi. Todavía puedo cumplir, todavía puedo llegar a mi cita. Deambulo un poco. Capto la dificultad de encontrar un taxi libre. Es posible que me acerque antes andando, son sólo unas pocas calles.

Cómo no, otro contratiempo imprevisto habrá de florecer. Me topo con un grupito de otras conocidas extranjeras que me lían y me adentran en su tienda no sé con qué objeto. Y yo con prisas, ideando la manera de desembarazarme de ellas y de estos repentinos compromisos que me atrasan nuevamente...


El libro de los sueños del autor José Martín Molina
Narración perteneciente a la saga de relatos "Sueños" (Tomo II) del escritor José Martín Molina. Ahora disponible el primer tomo, tanto en formato libro como en formato eBook.

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