15 septiembre 2013




Sueño (248) perteneciente a la saga Sueños (Tomo II) de José Martín Molina


(248) Cuestiones laborales en las Islas Canarias
Cuestiones laborales en las Islas Canarias

Me hallo con mi amigo Valen en un hotel de las Islas Canarias. Es por la noche y pernoctaremos aquí. Descansaremos ambos en la misma cama de matrimonio, cada uno en un lateral. Él no quiere que su mujer y su hija sepan dónde estamos y cómo dormiremos. Discutimos espaciadamente los asuntos laborales del día de mañana. Otro tema aparte será el de lo mal que "filosofo" sobre todo en mis libros, según opina Val. Arguyo que así soy yo, estas supuestas carencias son parte de mí y no puedo renunciar a ello ni esconderlo en mis libros y de cara a mis lectores.

Al día siguiente, por la mañana, al poco de levantarnos, Valen me avisa de la importancia de traer siempre dinero, no venir con los bolsillos vacíos. Él se ha despistado e inexplicablemente no tiene ni un duro consigo. Con disimulo miro el interior de mi monedero y compruebo, con la satisfacción de haber sido precavido, que cuento con dos billetes de cincuenta euros. Podría prestarle perfectamente uno de estos billetes, mas de momento no digo nada y decido guardármelo como un as en la manga.

En la hora del almuerzo recorremos calles de Canarias no muy grandes ni muy concurridas. Es cuando toca hacer una parada para comer. Sigo a Valentín dentro de un extrañísimo restaurante foráneo, muy exótico, de ambientación localista indescifrable, con luces a modo de farolillos y paneles no muy altos compartimentando los espacios, con cierto aire al estilo japonés tradicional, aunque de lejos. Ya sentados, miramos la voluminosa carta del menú, compuesta por interminables hojas. Esto no hay quien lo entienda, todo está plagado de rarísimas imágenes y productos alimenticios de lo más adornado y surrealista. Básicamente son postres como de otra galaxia, protuberancias insólitas repletas de absurdo ornato. No ceso de pasar las páginas del menú, en uno y otro sentido, y en ningún caso aparece en el listado algo reconocible como lentejas, garbanzos, filetes. Val, sin embargo, sí que encuentra rápidamente en los últimos folios de su carta una lista legible e identificable de platos comunes. Me dispongo a elegir mi condumio. Lo cierto es que no estoy acostumbrado a almorzar. Normalmente suelo picotear algo reservando para la cena la comida fuerte del día, ya que si a estas horas como copiosamente, luego me siento muy pesado y espeso, con poca capacidad de rendir en condiciones. Así que no sé si escoger algo ligero, tal vez una sopa, o si yantar de manera convencional, imitando el ejemplo de mi amigo, para reponer energías convenientemente. Opto por adoptar la cotidianidad de mi amigo, apoyándome en mi flexibilidad natural para la emulación. La idea es culminar la pitanza con un café bien cargado, algo que también se sale de mi día a día, pues nunca tomo café. Pero asimismo me dejaré llevar por las pautas gastronómicas de Valen.

Inmediatamente nos alejamos del restaurante. A pesar de que en realidad no hemos comido nada, es como si ya hubiéramos comido. Con premura atravesamos de nuevo las sosegadas y soleadas calles en busca de un sitio donde tomarnos el café. Continúo tras los pasos de Valentín y nos internamos en un alargado bar, del que ya nos habían hablado, haciendo referencia del escrupuloso sentido equitativo del dueño.

Después de acabar nuestra consumición pagamos con calderilla al propietario, que es un viejo enjuto y severo, ahora sentado con un parroquiano, otro personaje de avanzada edad que es cliente suyo de toda la vida. Cuenta nuestras monedillas sobre la mesa cuadrada y pequeña. Con meticuloso método va moviéndolas, una a una, con el dedo índice de un montón a otro montón. Las monedas no tienen la forma aplastada y redonda corriente, son una especie de diminutos cubiletes de metal, similares a dedales de coser, quizá de aspecto prismático. El viejales constata que nos hemos equivocado al pagar. Yo he puesto un céntimo de más y mi amigo dos o tres céntimos extra. El serio dueño, con su afilado sentido de lo cabal, nos devolverá el dinerillo sobrante. De ninguna manera puede aceptar lo que no le corresponde. Ante su gesto, Valen comienza a alabarle su rigurosa actitud sobre la justeza. Le indica que apenas queda gente así, personas que den importancia por encima de todo a los valores universales de siempre. Lo que provoca que el honorable anciano se lance entusiasmado en una larga perorata acerca de su forma de ser y de actuar. Val no pretende ser descortés, mas no hay tiempo de detenerse a escuchar, el trabajo nos llama de modo imperioso. Con un par de frases cortas se desentenderá formalmente de la conversación e iniciará el mutis. Yo, por pudor, le doy algo más de coba al vetusto regente del local. Le permito explayarse un poco más. Agradezco sus virtudes apresuradamente y me las piro en pos de Valentín, dándole alcance enseguida.

Pasamos cerca de una construcción que asocio a un aeropuerto y entonces caigo en que al final de la tarde, por motivos de urgencia laboral en el marco de los negocios de mi amigo -que son los que me han traído a Canarias-, he de coger un avión con rumbo a Madrid. Oh, oh. Tengo auténtico pavor a volar en avión. Ahora estoy tranquilo, pero seguro que cuando tenga el avión delante de mis ojos, me paralizará un terrible ataque de pánico. La segunda vez siempre es la peor y recuerdo por unos instantes cómo fue de terrorífica y agobiante la primera vez, cuando viajamos a Palma de Mallorca. Se me ocurre que si pudiese hacer el trayecto sedado, ingiriendo calmantes o ansiolíticos... Le transmito a Val mis aprensiones e indago si acaso podría ir drogado. Él se opone abiertamente porque tengo que permanecer con la mente despejada para mi cometido en la capital. Yo lamento secretamente haber obviado las pastillas tranquilizantes en mi piso madrileño. Como no las utilizo y las conservo sólo por prevención, es lógico que no reparase en que me pudiesen ser de utilidad en las islas.

No sé qué hacer. Ir en avión es obligatorio, inevitable, y también va a ser horrible para mí, insuperable. Le pregunto a Val que cuánto dura el vuelo. Hora y media, me responde. Buf, es demasiado; si sólo fuese media horita... Trasladarme en barco es inviable, tardaría dos días... Lo que más me aterra es la inclinación que adquiere el avión en el ascenso, y no digamos en el descenso, que a cámara lenta parece que nos vamos a estrellar sin remedio. Lo que está claro, por lo pronto, es que he de comportarme con profesionalidad y no proseguir molestando a Valentín con mis furibundos temores. Ya tiene que ocuparse mentalmente de miles de cosas como para que ande yo distrayéndole y solicitándole para que me serene en plan paternalista. Durante nuestra caminata hacia una reunión yo no paro de darle vueltas al tema de mi próximo viajecito. Y pienso: Pero, si me encuentro en Canarias, en algún momento habré tenido que desplazarme en avión hasta acá desde Madrid, ¿no? Entones, ¿cuándo? No lo recuerdo en absoluto, con lo que se puede deducir que el viaje no fue traumático, ni muchísimo menos. Rememoro la realidad de otro sueño que tuve en que volé hacia Alemania y para mi sorpresa fue algo tranquilo, sin sobresaltos. A lo mejor en esta ocasión es lo mismo y no sufro lo indecible esta vez en el recorrido aéreo. Estas consideraciones consiguen otorgarme un efecto balsámico y puedo calmarme un poquito. Además, estas coyunturas laborales que me condicionan a volar con regularidad entre las Islas Canarias y Madrid pueden tratarse de una oportunidad que me brinda la vida para empujarme a superar mi pánico a volar.

Entretenido con tamañas fobias y obsesiones arribamos finalmente al punto de reunión, en la vía pública, con el resto del equipo de nuestra empresa dirigida por Valentín. A pesar de que no pertenece a nuestro grupo, también está presente una chica de cabello negro intenso y cortito, guapa, menuda y con la cara algo achinada. Fue novieta mía hace mucho tiempo. Veo en ella una posible tabla de salvación para desahogarme y sacar fuera de mí mis crudos miedos. Planeo retomar el reconquistarla para que me escuche largamente, me sirva de alivio y me aconseje. Dentro de nuestro conjunto detecto que hay más líos amorosos. Una compañera está abrazada y haciendo arrumacos con su marido, también compañero, mientras que un tercer camarada tantea a escondidas camelarse a la esposa traicioneramente, con visibles posibilidades de éxito, dadas las señales condescendientes de ella.

Más allá, enfrente, se extiende una enorme playa, que es donde nos encaminaremos todos a continuación. El mar muestra un azul poderoso, vivo y oscuro. No hay mucho turismo. Pequeñas figuras de personas salpican la costa aquí y allá, algunas de ellas en pleno baño. Un sentimiento de vergüenza me invade imaginando que, al adentrarme en la arena de la playa y en las olas, todos los concurrentes perciban mis debilidades. Que mis flaquezas ocultas les resulten transparentes como si yo estuviese desnudo.

En una sacudida en que repentinamente me despierto, con profundo sosiego descubro que todo consistía en un sueño y que en ningún momento he salido de Madrid, con lo cual estoy liberado del fatídico trance infranqueable de tener que coger un avión.


El libro de los sueños del autor José Martín Molina
Narración perteneciente a la saga de relatos "Sueños" (Tomo II) del escritor José Martín Molina. Ahora disponible el primer tomo, tanto en formato libro como en formato eBook.

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