21 septiembre 2013




Sueño (251) perteneciente a la saga Sueños (Tomo II) de José Martín Molina


(251) Una mamada, un gordito, una criada, un reencuentro y una cocinera
Una obra cubista de Fernand Léger
En una especie de intercomunicador de transporte interurbano (quizá ubicado en la plaza de Príncipe Pío), que es una suerte de cabina cerrada como las paredes acristaladas de un kiosko, coincido con Larab, la escort prostituta. Hablo con ella con normalidad, hasta que se duplica en otra Larab. Dos Larabs indénticas, por lo tanto, pero con las personalidades divididas y opuestas, como si una fuera la buena, la normal, la correcta y la otra la perversa, la que hace "cosas malas". Aparte, en el recinto, hay una conocida mía, de baja estatura, que me acompaña en el trayecto. Por lo pronto no hay nadie más salvo nosotros cuatro.

El duplicado perverso de Larab se viene hacia mí, muy sinuosa e incitante, haciendo gala de sus artes y encantos, y comienza, de rodillas ante mí -yo estoy de pie-, a desabrocharme los pantalones. Algo indescifrable me impide negarme, rechazarla. Quiere agradar y recompensar mi disposición hacia ella. Se mete mi pene en su boca y le da unas chupaditas a mi capullo. Mi imaginación la había erigido en una auténtica virtuosa de las mamadas, sin embargo lo hace de una manera corriente, nada excepcional, lo que no impide que en cuestión de segundos muestre yo una erección muy potente. Secretamente me pregunto, aunque parece tratarse de una desinteresada donación, cuánto me cobrará por este generoso servicio inesperado. Enseguida se detiene, se levanta, yo sigo muy empalmado. Ya no estamos los cuatro solos, van entrando más viajeros. Me justifico con mi primera acompañante para que no le diga nada a Eva de mi asunto con Larab, que al fin y al cabo, como ha visto, todo ha sido un accidente y sólo ha consistido en una pequeña e inocente chupadita, un pecadillo sin trascendencia ni consecuencias, vaya.


En el siguiente episodio, durante todo el tiempo, seré un gordito treintañero, un tanto marginado, y al que todo el mundo tiene por un inepto y un medianamente reducido de inteligencia; una clase de friki que pertenece a una familia de mucho dinero, viviendo en la casa de sus acaudalados padres. En mi habitación gigante y desordenada trastea una de las criadas, fea como un garbanzo, enana como un tapón. Descanso remolón sobre la cama, a la vera de un amigo mío que me invita a reparar en el trasero de la criada. Aparece ella a cuatro patas un instante sobre el camastro, ante nuestras narices, mostrándonos su culo embutido en una ramplona falda de flores y meneándolo juguetonamente. Si bien hasta ahora nunca me había fijado en ella, como si fuese una sombra que se desplaza entre los oscuros muebles, a partir de su breve exhibición lasciva y las palabras de mi amigo, desearé pinchármela en la primera ocasión que se me presente.

Se suceden a continuación secuencias de lo más variopintas. Correrías por la enorme morada, posiblemente en pos de la criada, que suele corresponder a mis ganas con ella de fornicio. Correrías en plena noche por calles estrechas, empedradas e iluminadas por faroles arcaicos, donde también me toparé con la sirvienta, brindándole ayuda y amparo. Aceleradas idas y venidas en las que me veo envuelto en la agitada resolución de un enigma, que con intensa pericia y denodado arrojo (y copiosos sudores de obeso) lograré resolver finalmente en una azotea. Lo que provocará que los demás revaloricen mis capacidades y cesen de considerarme tonto o inútil.


En el próximo tramo (ya recuperado mi yo normal), a altas horas de la madrugada, me presento en la Cripta Mágica, reencontrándome con mis antiguos jefes y compañeros. La sala estará abarrotada de gente, de bote en bote, casi ni cabe un alfiler. En el camerino localizo a Morrison, al fin repuesto. Repantigado sobre una mesa converso unas pocas frases con él, que se alegra de verme, mas apenas puede prestarme oído, ya que está muy solicitado por numerosos admiradores que le asedian de forma continua. Después tropiezo con Anibel cerca de la barra, contigua a la entrada. Charlamos un buen rato, de muy buen rollo, riéndonos, rememorando pasadas hazañas colosales. Sin que ella haga mención del asunto, le pediré disculpas por aquel sueño en que salían ellos y que publiqué en mi blog. Tenían toda la razón y yo no tenía derecho a hacerlo público. Ya me conocéis, no fue con maldad o mala intención, ni se me ocurrió que podría perjudicaros, hasta pensé que os haría gracia, por suerte sólo lo vieron unas veinte personas (treinta, en realidad, pero yo disminuyo el número para quitarle importancia). Todo esto le digo. Justo ahora surge Ramón, al que reitero mis disculpas. Una charleta maja con él, que asimismo se entusiasma, hospitalario como siempre, con mi visita sorpresa. Le referiré que creía que se habían trasladado. A la vista está que no. (La Cripta sigue estando en la misma situación geográfica que le he dado en mis sueños, al final de una calleja que desemboca en una plaza muy del estilo de Lavapiés).

Doy un par de rules más por el local y decido marcharme. He escogido el peor momento para salir, precisamente cuando el espectáculo ha finalizado y todo el abundantísimo público se apelmaza hacia la salida. No puedo ni avanzar, atascado cada dos por tres por la muchedumbre. Busco a Ramón y a Anibel para notificarles mi partida y despedirme de ellos. Tarea complicada: no hay quien les encuentre. A voces y con gestos les digo adiós a mi amigo Toni Santiago y a la otra camarera (que acaso sea Vanesa), ambos varados tras la barra. Les indico que avisen al resto de que me he largado.

En la vía pública me encamino hacia el hogar, que está cerca (esta vez vivimos en la calle Toledo, en el piso que era la anterior vivienda de Eva). Hago una parada en un restaurante con el objeto de agenciarme comida para llevar y embaularla cuando llegue a casa. Estamos hablando en concreto de mi cena, pese a que hace bastante que ha amanecido. Me atiende una camarera-cocinera ataviada con su apropiado uniforme. Con esplendidez va añadiendo de todo en el plato con caldo que he solicitado, como una gruesa porción redonda de mortadela o unos trozos cortados de salchicha. Lo va preparando en el acto, mientras descubro que su gran disposición y sus dadivosos detalles son evidentes señales de que quiere ligar conmigo. No es guapa del todo, pero sí que tiene su aquel. Poco a poco voy convenciéndome de iniciar, en breve, un romance con ella. Que habrá de ser a espaldas de Eva... Previamente a retomar el rumbo a keli, le echaré una ojeada al menú del restaurante que reposa sobre una mesa. Es un librito con muchas páginas en el que se lee un título destacado: "Menús para todos los días del año". Hojeando el contenido veo que cada día de la semana ofrecen distintas y determinadas viandas. En los listados observo algunos platos caseros y apetecibles. Estupendo, cualquier día de estos me dejo caer por aquí para almorzar y así tantear a la camarera. Salgo, dirigiéndome al hogar, dulce hogar, que está esperándome acogedoramente.


El libro de los sueños del autor José Martín Molina
Narración perteneciente a la saga de relatos "Sueños" (Tomo II) del escritor José Martín Molina. Ahora disponible el primer tomo, tanto en formato libro como en formato eBook.

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Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
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